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Los alegóricos portones


Por Laura Navarro

Siempre le gustó el arte, la literatura y la música. La preocupación estilística y el interés de mostrar lo irreal o extraño como algo cotidiano y común era su razón de ser. Las pinturas que demostraban una realidad alterada la enloquecían. Su fin no era suscitar emociones sino más bien expresarlas.

En 1963, Álvaro y René bautizaron en la Catedral de Saint André en Burdeos, Francia, a Isabella, una joven de tez blanca, cabello castaño claro, ojos miel y de contextura delgada.

Las habilidades artísticas de Isabella eran notables. A los tres años sabía leer y escribir, a los cinco comenzó a asistir a clases de piano, y sus destrezas para dibujar objetos y paisajes marcaban la diferencia entre los niños de su edad.

Su tía, Helena, vivía en Mendoza y adoraba a su sobrina.

Cuando Isabella cumplió los quince años, Helena le envió un regalo por encomienda. Este era un libro turístico, con historias y fotos de la ciudad de Mendoza.

El primero de los textos hacía referencia al Parque General San Martín. La joven quedó encantada con la imagen de los portones, cuyo emplazamiento data de 1909 y están coronados por la figura de un cóndor y el escudo de Mendoza.

Sin pensarlo demasiado, decidió que al cumplir la mayoría de edad, viajaría hasta ese lugar a retratar la imagen que tanto la había conmovido.

Y así fue.

El cuatro de septiembre de 1984, al cumplir los veintiún años, la adolescente viajó a Mendoza. En el aeropuerto la esperaba Helena para darle alojamiento en su casa, la cual quedaba en frente del Parque.

Era una casa antigua, grande, tenía cinco habitaciones. La joven recorrió todas y optó por aquella que tenía balcón. Su elección no fue al azar, ya que los ventanales del mismo daban justo a los portones del parque General San Martín, y eso era todo lo que necesitaba para volver a Francia habiendo cumplido aquello que prometió a los quince años: utilizar el don con el que había nacido en una pintura que reflejara la misma sensación que experimentó ella al ver la imagen en el libro que le había regalado su tía.

La primera noche no hizo más que dibujar y tirar aproximadamente veinte bocetos de la emblemática vista desde el balcón.

Durante una semana no hizo más que observar hasta el mínimo detalle de lo que sería la pintura más cotizada luego de su muerte. Con el correr de los días, su pulso comenzó a mejorar y el producto fue una obra de arte de dos metros de largo y tres de ancho.

Años después, la obra de la joven francesa, del cóndor con sus alas y el escudo de Mendoza en los portones del parque de la ciudad de Mendoza, plasmados de una manera realista, pero alterada, sería nombrada la mejor representación del siglo.

Si no hubiese sido por Helena, su sobrina nunca podría haber dejado la huella que dejó en la provincia de Mendoza. 

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