Por Liliana Valverde
Di Benedetto, escritor y periodista mendocino, fue detenido en marzo de 1976 por los militares encaramados en el poder. Los mismos acusados de ser los responsables de las desapariciones de 30.000 personas.
Dueño de una obra importantísima por su toque distintivo, el original y cuidado manejo del idioma y lo sorprendente de su temática, Antonio Di Benedetto nunca supo la razón de su detención ni de su paso por cárceles donde fue sometido a torturas. Tampoco quién ordenó la destrucción de su notable carrera periodística. Fue justamente en penales a cargo de sádicos donde se inició su deterioro físico.
Una imagen muy sensible del fin de Antonio la da uno de los médicos que lo atendió en el hospital Italiano donde se hallaba internado, en Buenos Aires. Se trata del doctor Carlos Becker, quien relata: “Cuando lo trajeron yo no estaba de guardia. Al otro día, cuando llegué al hospital me entregaron la ficha de aquel paciente: Había sido internado después de una descompensación cardíaca en la sala 2, cama 3. La ficha decía: Paciente, Antonio Di Benedetto. Edad: 64 años. Fecha de Nacimiento: 2 de noviembre de 1922. Lugar: Mendoza. Al verlo, se acomodó en la cama. Su pelo y barba blancos, ojos hundidos y el cuerpo un tanto deteriorado. Un hombre viejo – pensé-. Podía ser mi padre. Había angustia y mucha resignación en su mirada. Es cierto que algunos pacientes parecen tristes, pero ese hombre parecía vencido.
-Se siente mejor?- pregunté.
-Si, estoy bien. Tengo mucha edad y me duele acá - dijo señalando las costillas.
La voz era quebrada, pero anteponía paciencia. Parecía acostumbrado a arreglarse con poco.
Al otro día había mejorado notablemente. Lo encontré despierto, con sus gafas puestas y leyendo un libro de tapas amarillas. Me acerqué y levantó la vista.
- ¿Lee?- interpelé estúpidamente.
-Pirandello - dijo. Es teatro. “Esta noche se improvisa”- indicó señalando la tapa del libro e inquirió si me gustaba la lectura, le contesté la verdad, no me gusta leer mucho, algo de vez en cuando.
-Lo interrogué acerca de su profesión, manifestó que era escritor: “Tengo un par de libros, cuentos y novelas”.
Yo había leído en su ficha que era de Mendoza y le pregunté si había venido a Buenos Aires por trabajo, pero no contestó. Advertí cierto pudor, quizás recuerdos amargos. Cambió de tema. Me pidió un vaso de agua. Se lo alcancé y siguió leyendo.
-Esa tarde, al salir del hospital recorrí varias librerías. Encontré “Zama”, “El Silenciero” y “Cuentos del Exilio”. Allí había datos que me permitía entender el silencio de ese hombre. Creo que esa noche leí mucho más que lo leído en toda mi vida.
-Al otro día fui a contarle, pero me dormía. Volví luego de hacer varias curaciones y atender dos ó tres consultas. Estaba despierto y con los anteojos puestos, pero no se lo veía muy bien.
-Estuve leyendo sus libros - le dije como dándole una buena noticia, pero advertía en él una expresión triste, un poco lejana.
-Bueno, ahora sabe un poco más de mí - respondió mirando hacia la ventana.
-Sé que no le gusta el ruido, sé que estuvo exiliado y sé que, pero no me dejó terminar la frase.
-Fui torturado. Mirá pibe, hay cosas que es mejor no recordarlas. Hay heridas que lastiman sin estar en carne viva. Lo que más me duele es no saber porqué lo hicieron. Quizás les molestó algún cuento, quizás mis notas en el diario. De todas maneras dudo que el tipo que usaba la picana alguna vez me haya leído... ¿Qué leíste? - demandó cambiando el tema.
-”El Silenciero” y empecé “Zama”, me gusta la escena del principio. La imagen del mono en el agua, el cadáver del mono que vislumbró en el agua.
-”El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos”...- recordó. A mi también me gusta esa parte - dijo con desgano.
-Me llamaron por una urgencia y me fui.
-A la mañana siguiente fui a verlo, pero la cama estaba vacía y tendida cuidadosamente.
La ficha, aún colgada a los pies de la cama, sólo agregaba la fecha y causa de la muerte: 10 de octubre de 1986. Derrame Cerebral”.
A todos los conocidos Di Benedetto les preguntaba si sabían de la causa de su detención. Nunca se enteró del motivo de ese inmerecido castigo que cayó sobre él. Sufría por ello. Fue como si sus verdugos, sabedores de su sensibilidad de artista, le dejaran activada una tortura perenne.