Por Juliana Gancia
El sonido del acordeón en las manos de aquel hombre me arrugó el sentimiento. Bastó con que el personaje situado enfrente de aquel café, en Peatonal Sarmiento, hiciera fluctuar una sola vez el aire abriendo el instrumento mientras presionaba una o varias teclas, para que un escalofriante estremecimiento se apoderara de mis sentidos más ocultos.
"Ocultos", porque nunca antes había sentido tanta pasión por alguna melodía.
Al sonido lo acompañaban sombreros al estilo gardeliano, zapatos confeccionados en charol, y demás indumentaria con el modo y la elegancia que caracteriza a la milonga. Quienes cargaban con este ropaje era una pareja que bailaba sobre un pequeño escenario siguiendo aquel ritmo que conmovía el alma de la gente presente.
Las noches eran inmortales, nunca concluían; la temperatura era muy baja y el sol se desvanecía sin dar aviso.
Tenía el alma un tanto nostálgica, pues el día anterior, había perdido a Luca, quien hasta ese momento era la compañía de todos mis días, mi apego más sincero, mi diversión más espontánea, las conversaciones más abiertas y los abrazos más cálidos y esperados de todos los días.
En ese instante recordé lo mucho que le hubiese gustado a Luca estar ahí. Él sentía una fascinación única por el acordeón. Amante de Carlos Gardel, Aníbal Troilo y Osvaldo Pugliese, Luca trataba en todo momento de provocar en mí la misma pasión que sentía él por el tango. Y lo logró.
Nos conocimos la tarde del cinco de julio de 2002, en un espectáculo de tango en plaza Independencia. Yo fui obligadamente por una amiga, es que hasta ese momento el ritmo del 2x4 no había atrapado mis sentidos; él, tenía planeado ir hacía tiempo. Mientras el artista hacía sonar su versión personal de "Amores de estudiantes" de Gardel, el tiempo se detuvo en una sola mirada. Los ojos de Luca se apoderaron de los míos, y los míos de los suyos.
Pero ese día, en aquel café, frente al escenario vestido de tango en la Peatonal de Mendoza, alguien ya no estaba objetivamente, puesto que cuando nosotros estamos la muerte no está, y cuando ella llega no estamos ya nosotros. Y Luca ya no estaba.
Y yo, sola.
Comenzó a sonar la misma canción con la cual eternicé "esa" mirada de quien se había marchado. Hay momentos y perfumes únicos, tan especiales que nos trasladan al lugar y al tiempo deseado. Y ahí estaba yo, transportada junto al alma de Luca, modulando al mismo tiempo que el intérprete una de las estrofas del tema con el que conocí a quien hoy ansío tanto: "Bandadas de recuerdos de un tiempo querido, lejano y florido que no olvidaré"...