Buscar

Las callecitas mendocinas tienen ese no sé qué...


Por Leandro Espejo

Un día soleado de Abril, después de un largo día de trámites burocráticos, y con la necesidad de matar tiempo para asistir a un compromiso posterior, me propuse caminar un poco por las calles de Mendoza.

La verdad es que nunca me gustaron las ciudades, un poco por disponer siempre de poco tiempo para recorrerlas, y otro poco por odiar de alguna manera la "vorágine" que imperia en las grandes polis.

Pero ese día fue distinto. Descubrí algo que pocas veces había notado.

Pude ver detrás de todo ese monstruo de cemento y de personas que caminan mecánicamente mientras hablan por celular, una especie de ciudad escondida u "oculta", por llamarla de alguna manera.

Ese día percibí las innumerables muestras de solidaridad de la gente, que da limosnas a los que más la necesitan.

Pude ver el enorme, casi titánico trabajo, que hacen los porteros de los edificios para limpiar las veredas de las millones de hojas que caen de los árboles y tiñen las veredas de amarillo.

Observé a los agentes de tránsito mediante señas mimescas ordenar ese caos vehicular que siempre me irritó.

Pude ver a los policías parados en las esquinas siempre atentos cuidando a los ciudadanos de los amigos de lo ajeno.

Pude ver a los placeros arreglando las innumerables flores que adornan las plazas con vocación maternal.

En fin, podría gastar demasiada "tinta virtual" escribiendo todo lo que vi ese día...

Pero lo importante es que comprendí esa hermosa manera de funcionar que tiene la ciudad de Mendoza, esa rara simbiosis que se forma de manera natural y que todos instintivamente confabulan para que suceda...

Volver