Por Liliana Valverde
Ocurrió aquí, en la Ciudad. Fue un suceso intenso, como una llamarada fugaz. Diciembre de 1928, en un verano de noches sofocantes, con olor a tierra mojada y sillas en la vereda. Pasó en pleno centro de veredas con viejos caserones, de patios plenos de palmeras, madreselvas perfumes y sus sombras. Fue en una mañana, cuando las devotas pasaban para llegar a la primera misa. Hace 80 años.
Una vez por semana se divisaba, apenas sobre las frondosas copas de los árboles, un aeroplano que sobrevolaba una señorial casa de pájaro de tela y madera. El piloto, sin cobertura, como si fuera parte de la nave, saludaba y luego dejaba caer un pequeño bouquet de rosas rojas, dedicado a una bella jovencita que esperaba. Ella, deslumbrada tomaba el ramo y agitaba su ramo. Después el biplano seguía su viaje. Esta escena se repetía una vez a la semana en horas de la mañana, entre las nueve y las nueve y media.
Y llegó un día, otro y otro. Libertad, el nombre de la chica, atravesaba el largo zaguán abovedado y se detenía frente a la puerta de calle, mirando al cielo, cuando la ciudad estaba recién despertando.
Ella y el aviador se habían conocido en un baile hacía poco tiempo. El, era rubio, casi pelirrojo, oriundo de Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Un hombre alegre, dicen, buen mozo y afortunado. La joven, por demás bella, siempre despertaba admiración. De ojos azules y pelo rubio, tenía sólo dieciséis años. En el umbral de su puerta esperaba la "pasadita" del romántico aviador.
Esa mañana, Libertad recorrió el camino de siempre. Ya eran casi las nueve. La imagen del De Havilland Moth apareció rompiendo las nubes casi grises. El enamorado soltó las rosas rojas. Ella, encendida de alegría, sin presagiar la tragedia, las tomó y agitó sus manos. De pronto se oyó un estruendo y la atmósfera se enrareció. La chica siguió mirando al fondo de la calle. Sólo veía una gran nube de polvo. Permanecía inmóvil en el umbral. Todos corrían. Parecía que la Ciudad entera se había vuelto loca. El que iba en el aparato era el teniente aviador militar, Bartolomé Malatesta. Ella era una linda mendocina: Libertad "Chola" Cremonte. Ese día, él llevaba un acompañante civil, José Herrada, su amigo.
Las crónicas de la época detallaron los pormenores de un drama que conmocionó a los mendocinos "Se produjo ayer en plena Ciudad un fatal accidente de aviación, destrozándose un avión del Aero Club Mendoza. Del hecho resultó muerto el aviador militar, teniente Bartolomé Malatesta y gravemente herido el piloto civil José Herrada. La máquina había decolado del campo de aviación Los Tamarindos, piloteada por Herrada. Instantes antes del accidente se pudo observar que el aeroplano volaba, cuando se produjo el accidente a una altura no mayor de cuarenta metros, sobre Montevideo frente a San Martín, procedente del Noroeste..."
"Ocurrió después de que el piloto civil Herrada hiciera efectuar al avión un "pique" cuando se hallaba frente a Montevideo y San Martín, debido a esta temeraria como imprudente maniobra, el aparato descendió hasta treinta metros del suelo para tomar altura nuevamente y en esas que no podía hacerlo a riesgo de su vida y la de su acompañante..."
Desde la salida de los árboles el avión hizo un recorrido en pocos segundos hacia la plazoleta para ir a estrellarse en la puerta de la casa de Vicente López 187, quedando bajo sus escombros el piloto Herrada y su acompañante Bartolomé Malatesta. Los restos de la gallarda aeronave, cubrían el cuerpo del enamorado aviador, que murió instantáneamente y de José Herrada, con serias lesiones. El motor de la avioneta, debido al impacto, se desprendió y fue al final del zaguán de la casa antes mencionada..
El cuerpo sin vida del malogrado Malatesta, el soñador, fue conducido al Casino de Oficiales del Grupo de Aviación Militar para el velatorio. Casi todos los habitantes de Mendoza, ese 16 de diciembre de 1928, desfilaron por la plazoleta llamada en aquellos tiempos Vicente López.
Ninguna crónica de la época mencionó ni el ramillete de flores ni a Libertad. Casi todos conocían la historia de las "pasaditas" que el aviador, encendido de ensueño, realizaba una vez por semana. Fue un susurro, una confidencia que quedó en el corazón de sus amigos, quienes, ya ancianos, seguían relatando lo sucedido. Eran otros románticos como él, pilotos que luego contaron la historia a sus hijos y nietos como un homenaje a ese breve y trágico idilio.
Libertad se radicó definitivamente en Buenos Aires y, según los pocos datos con que se cuenta de ella, transcurrió su vida casada con un militar en el barrio La Recoleta. Acaso ante el ronroneo de un motor en el cielo, levantaba la vista esperando ese último bouquet de rosas rojas. Tal vez el ramillete aun desciende desde el cielo hacia su corazón que nunca dejó de ser adolescente y romántico.