Por Liliana Valverde
Una panadería de la Sexta lleva el nombre de un barco que naufragó en 1916. José López, un voluntarioso inmigrante
¿Dónde está el príncipe? Preguntó la niña a su madre, luego de deletrear dificultosamente. Como muchos pequeños ensayaba su reciente aprendizaje con todos los carteles que encontraba a su paso. Levantó la vista la madre y leyó: "El Príncipe de Asturias" panadería y le nació la duda.
Ingresó al local la mujer, en Paso de Los Andes esquina Juan de Dios Videla y le contaron la historia, de tan singular nombre, parte de la historia. Fue bautizado así el negocio por un español inmigrante que salvó su vida en un tremendo naufragio ocurrido cuando venía hacia la Argentina. El buque en el que viajaba, se llamaba "Príncipe de Asturias". Nada más. La síntesis de una tragedia y una vida que emergió del desastre. Una nave hundida en el océano su nombre, tierra adentro, en Mendoza.
José López se llamaba el adolescente que subió en el puerto de Málaga el 18 de febrero de 1916 al buque conocido también por su lujo y porte como "El Titanic español" El destino de José, Buenos Aires y luego Mendoza, ciudad de la que tenía buenas noticias en lo referente a trabajo, a la calidez de su gente y que albergaba una colonia urbana formada por progresistas compatriotas. Además, ya residía en nuestra ciudad su hermano mayor.
Viajaba en tercera clase, junto a un número no precisado de inmigrantes, se calcula que cerca de mil almas. En otros grandes ambientes de la nave iban hacia la capital de la Argentina unos pocos privilegiados rodeados de confort y amplios espacios destinados al esparcimiento.
Eran las 4 de la mañana del día 6 de marzo de 1916, domingo de carnaval. Un gran ruido y un sacudón despertaron al pasaje. Se apagaron las luces en toda la nave y empezó el infierno de casi todos los naufragios. López, que viajaba en lo profundo del barco, subió a la cubierta en medio de una muchedumbre aterrorizada, familias enteras, niños. En cubierta algunos tripulantes con linternas encendidas trataban de imponer la calma. Decían que no pasaba nada. "El príncipe" se hundía, frente a las costas de Santos.
"En eso advertí -escribió el sobreviviente años después-que varios pasajeros llevaban puestos chalecos salvavidas y recién entonces caí en la cuenta de que el objeto que tenía bajo la almohada y al que no le había prestado ninguna atención, era eso, un salvavidas. Como pude bajé corriendo a buscarlo y desde la escalera lo pude alcanzar, pero de nada me sirvió pues cuando llegué a cubierta una ola me lo arrebató"
Sin esa ayuda, José se dio cuenta que la única chance a favor que le quedaba era abandonar la nave. Se encomendó al patrono de su pequeño pueblito natal, Pitres Alpujarra española. A punto de zambullirse una voz lo alertó. Le indicó que esperara a que el barco, escorado a estribor, bajara más en su nivel. Ese ser anónimo lo instruyó además que no bien cayera al océano se alejara nadando lo más posible para evitar ser succionado por el remolino que provocaría la nave en su caída al fondo del mar.
"Cuando el casco se puso casi a ras del agua, me arrojé" recordó López. En el agua lo esperaba una lamentable sorpresa. Alguien que se ahogaba, lo tomó de los pies y con su peso lo llevaba por debajo de la superficie. Se hundieron los dos y providencialmente las botas, que José no tuvo tiempo de atarse, se le salieron. Detrás, los pantalones. Aferrado a esas prendas descendió esa otra persona hacia la muerte. En el límite de sus fuerzas, a punto de darse por vencido, encontró una tabla de 1,50 metros, aproximadamente de largo por uno, de ancho, con una argolla en la parte superior. Fue una lucha subirse a ella y lo consiguió. Aferrado al aro de metal aguantó el embate de las olas y de una fría lluvia. Hasta que apareció una lancha, horas después, ya era de día y el mar estaba calmo. Debió esperar a que auxiliaran a otras personas que estaban en mayor riesgo, desfallecientes y, lo izaron a bordo. Luego se enteró de que fue el último náufrago rescatado.
José López tuvo muchas actividades en Buenos Aires donde fue fotografiado innumerables veces tan sólo ataviado con sus calzoncillos largos y descalzo, hasta que un comerciante bondadoso lo vistió de pies a cabeza. Lo agasajaron a él y a otros sobrevivientes con fiestas, bailes y banquetes y tenía que contar, casi hasta el cansancio, las vicisitudes del naufragio. Por fin, llegó a Mendoza.
Trabajó como conserje del Club Español, encargado de una finca y capataz de cuadrillas de hacheros que cortaban algarrobos para producir leña, el único combustible hogareño en aquel entonces. En una propiedad de Ñacuñán vivía aislado. Aprendió a montar, a hacer asado y se convirtió casi en un gaucho. Cada tanto viajaba a Mendoza y no se privaba de sus gustos. Concurría a las funciones del Teatro Municipal, situado frente a la Plaza San Martín, en el que actuaban compañías de renombre internacional antes de viajar a Chile, visitaba a amigas y amigos y adquiría libros y revistas que le hacían más llevadera la soledad que le imponía su trabajo.
Su hermano, afincado en la ciudad, montó un almacén. Llegaron de España su madre y hermanas. Comenzó entonces a desempeñarse en ese emprendimiento familiar. Luego, el momento en que fundaría su propio negocio. En un local construido especialmente y que aun perdura, en la esquina donde esa nena trajo del pasado al elegante barco en su afán de leer, abrió "El Príncipe de Asturias" así registrada la panadería como recuerdo de esa vez en que volvió a nacer. Dificultades económicas lo obligaron a vender la empresa años después. Se repuso de los traspiés y puso en marcha un aserradero. Formó una gran familia mendocina regida por su acendrado apego al trabajo.
En los últimos años de su vida fue dueño de una librería y descubrió a la literatura como hacedor. Escribió una novela a la que tituló "Memorias de un inmigrante náufrago" Bajo el seudónimo "Odiseo" ganó el Primer Premio del Segundo Concurso para Autobiografías de la Tercera Edad que organizó la Subsecretaría de Cultura en 1994. Y su vida pasó a ser un libro, impecablemente escrito, en el que relata su infancia, su oficio y el de su familia, al que abandonó por peligroso: eran expertos fabricantes de fuegos artificiales. Aparece reflejado en las páginas el espíritu de lucha, de decencia, que caracterizó a la inmigración española de principios del siglo XX.
José María de la Santísima Trinidad López Lupiáñez, nombres y apellidos del tenaz sobreviviente, falleció poco después de ver a su obra publicada, el 10 de junio de 1994.
-Los propietarios actuales de la panadería "Príncipe de Asturias" son: Jimena Palacios y Walter Horton