Por Liliana Valverde
Jorge Luis Borges y su esposa, Elsa Astete, en la Comuna de Capital. En el trabajo de rescate y digitalización de antiguas fotografías del archivo municipal nos encontramos con Jorge Luis Borges y su esposa, Elsa Astete, de visita en la Comuna.
Años sesenta. La Municipalidad de Mendoza bajo el mando de un militar. De los trasfondos de los archivos comunales emerge una foto, que publicamos.
Una de las figuras: Jorge Luis Borges, con cierto aire de juventud aun. Su postura, ante la otra persona (por lo menos es la impresión) es la de un hombre que ve bien.
Recibe, sin dudas, el símbolo de una distinción por parte de la Ciudad, un regalo. Pero ¿Quién entrega? La mujer sentada en el sillón ¿Cómo se llama? ¿Qué hacía en ese lugar? El sujeto seccionado por la mitad, a la izquierda de la acción, no tenido en cuenta por el fotógrafo, también forma parte de la incógnita.
Con la ayuda de compañeros de trabajo memoriosos y colegas, se fue develando el enigma. El hombre con gomina con la cajita en la mano era el intendente. Pero no electo, sino puesto por el proceso: el vice comodoro Ricardo Milán, quien falleció, en aquellos días, en un accidente automovilístico. Los municipales especialistas recordaron a la dama: Elsa Astete de Borges, la esposa del escritor, contaron.
Se conocieron en La Plata en 1931. Ella tenía 20 años. Era una linda chica de una familia muy normal y rutinaria. Los presentó un amigo en común.
Borges, de 32 años, educado en Europa, desconocía que iba a convertirse en el más grande escritor contemporáneo de lengua hispana.
Elsa recuerda al Borges de aquellos bellos días: “Después que nos presentaron nos fuimos a tomar el té al Jockey Club. A la semana siguiente con mi hermana Alicia fuimos a Buenos Aires para encontrarnos. Desde entonces no me dejó más. Me perseguía a sol y a sombra. Fue en esa primera cita cuando Borges me juró amor eterno”.
Dos años duró el noviazgo. Borges comenzó a usar barba. Empezó a surgir su fama. Se comprometieron formalmente. De pronto todo acabó y Borges no habló del tema. Algo se supo. Por lo menos, aparece en el galpón de recuerdos de algún memorioso. Un caso de infidelidad. Elsa se enamoró de otro: Ricardo Albarracín Sarmiento. Y se inició una relación.
Y el registro de Elsa: “A los 15 días de haberme casado, Borges, que no sabía nada, seguía llamando a mi casa. Mamá no sabía que decirle y yo me desentendí del tema. Eso es problema suyo, le dije a mi madre.
Finalmente ella que era correctísima, le dijo: Mire Borges, discúlpeme, pero me veo en la obligación de decirle algo: no llame más porque Elsita se casó”.
La madre contó que en el otro lado de la línea se produjo un silencio y Borges dijo luego, antes de cortar: “Ah, caramba”.
Nuestro escritor conoció otros amores María Esther Vázquez, Estela Canto y Silvina Bullrich.
Elsa enviudó. Se reencontraron. Había pasado tiempo. Tres años duró el nuevo noviazgo. Una noche en la casa del autor de “El jardín de senderos que se bifurcan”, el escritor, casi ciego, fue hasta la biblioteca y a tientas tomó un libro lo llevó hasta donde estaba Elsa. Lo abrió y se lo mostró a la mujer. Había una foto puesta entre las páginas.
Georgie -le dijo con sorpresa ella- es una foto mía. Entró justo la madre de Borges y advirtió la situación. Y le dijo a su nuera.
-¿Querés que te diga una cosa? Cada noche de su vida, antes de acostarse, “miraba” tu foto-. El 21 de setiembre de 1967, a los 68 años, soltero, se casó con Elsa Astete Millán, de 57 viuda.
En agosto del 70 ya no quería vivir más con la mujer. Salió Jorge una tarde y no volvió más.
Los especialistas filtran las causas de ese rechazo: Elsa odiaba a la madre de Borges. Le prohibió verla. El la visitaba a escondidas. Se le adueñó del dinero. Le manejaba el aspecto. Lo instaba a cobrar sus conferencias.
Dijo María Esther Vázquez: “Su vida con Elsa era de una aridez desoladora. Según contaba Borges los únicos temas de conversación eran los recorridos de los tranvías…Borges contaba sus sueños. Le extrañaba al principio y le molestaba después que Elsa nunca soñara”.
Uno de los consejos que la mujer le daba a Georgie: “Mirá, aprovechá tu cuarto de hora. Hoy estás en el candelero pero dentro de dos o tres años nadie se va a acordar de vos”.
En esos días, aun con ella, fue que nos visitó.