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Relatos de la Ciudad


Me Guía

Seguramente algunos rincones de Mendoza marcaron en algún momento nuestras vidas para siempre: plazas donde nos enamoramos, calles donde nos despedimos, el colegio donde fuimos, relatos divertidos y experiencias vividas que luego, al recorrer nuestra querida ciudad, despiertan en nosotros innumerables anécdotas que recordamos con amor.

La Municipalidad de la Ciudad de Mendoza pone a disposición de los vecinos, ONGs, escuelas, empresas, clubes y entidades intermedias en general, un nuevo espacio para comunicarnos y compartir vivencias, relatos y recuerdos que fueron concebidos en la capital mendocina.

Publicá tu historia

Es fácil, mandanos tu relato, tu nombre y una foto ilustrativa a web@ciudaddemendoza.gov.ar. Participá y sumate a esta novedosa red sin precedentes en nuestro municipio.

  • La ciudad
    • por Irene Vinci

      LA CIUDAD

      MENDOZA

      La soñaron en la siesta las montañas

      y en un valle la formaron;

      Draghi Lucero le cantó

      “¡miren el misterio quechua

      que en el Ande se desvela!”;

      para mecerla con las cadencias

      agigantadas por los temores

      de la Madre y sus temblores.

      Calles anchas, acequias vacías,

      ya no llega agua para sus árboles.

      Ahora dicen que el Malbec

      le corre por las venas.

      Será para emborrachar sus penas…

      Hay un perfume especial

      en el verano de las flores

      y los humos multicolores.

      Un viaje a la dimensión

      de la memoria de escarchas y neviscas.

      Atraen los inviernos de la infancia

      y la soledad y el frío en las esquinas.

      Hay primaveras de glicinas,

      perfumando la siesta

      cuando se alarga el día

      en el sol entre las encinas.

      Calí poeta de la tierra mendocina

      dijo: “tierra donde nací, frutal y mía,

      cruzada de esplendores”…

      maravillado de sus mejores sabores.

      El otoño cantado trae zonda

      y sus caprichos dibujando

      torbellinos de arena

      y hojas vagabundas sin destino,

      que va enfriando los amaneceres

      del otro día del infierno.

      Camino de aceras con apuros,

      soledades, caras ajenas.

      Juegan los niños en la plaza,

      no hay calle para potreros,

      les ganó el tráfico, el desorden y la prisa.

      No hay risas,…

      están los que no juegan,

      hijos de la ciudad sin padre.

      La noche los cubre y los esconde,

      desidia del acero y el asfalto,

      debajo de su manto negro y deshumano,

      para que no los vea el hermano.

      En esta vida transhumante y sin espera

      se naturaliza e invisibiliza

      en los colores de las vidrieras,

      negocios, bares, canciones,

      y peregrinantes artistas.

      Que sin sus carpas ni sus aristas,

      se han convertido en malabaristas.

      Imaginarias brumas de ilógicas plumas,

      noches perdidas en las luces de neón

      sin estrellas ni lunas.

      No hay respiro para los pájaros,

      no hay nidos para los extraños.

      Hay un suelo y mil murallas,

      hay pistas hurañas de espantos,

      llantos inmigrantes naufragando

      en los hilos de los cables-conexión

      a otras ciudades.

      Están tan solos los monumentos

      sin respeto y ennegrecidos,

      en enaltecidos pedestales

      caminantes de los años.

      Lo que escribió Santa María Conill

      en “la ciudad de barro”,

      está sin mutar peldaños

      en la cuarta vieja y sus aledaños.

      Hay lujosos empedrados

      y mutilados carteles,

      piercings en los labios y los candados.

      Tatuajes esperados en los pasajes del olvido,

      paredes trasmutadas

      en artes improvisados de los inquilinos

      de un cielo sin cielo, de un alma sin alma.

      Ciudad, conglomerado, sensación

      de telarañas en las ramas de los

      genealógicos árboles de los ancestros.

      Caótico corazón de mundos diversos

      donde se unen los que vinieron en los barcos

      y… los que nacieron en este suelo.

      Pies descalzos, hombros fuertes,

      donde apoyar los sinsabores y el destierro

      de los unos y los otros… y de los muertos.

      Caminando en la cornisa

      de la pared que ha construido

      la ciudad sin premisas.

  • El puente mágico hacia la poesía
    • Por Julio Terraza 

      EL DÍA SE HA IDO

      El día se ha ido y las tinieblas
      descienden en alas de la noche,
      como una pluma desprendida
      de un águila en su vuelo.

      Veo las luces del pueblo
      brillar a través de la lluvia y la niebla;
      Y un sentimiento de tristeza me invade,
      un estado que mi alma no puede resistir.

      Un estado de insomnio y añoranza,
      que no es semejante al dolor,
      recuerdos solamente... pena
      a igual que la lluvia a la niebla.

      Ven, léeme algún poema,
      alguna simple y honda balada,
      que calme mi intranquila sensación,
      y disipe los pensamientos del día.

      No de los grandes y antiguos maestros
      ni de los bardos sublimes,
      cuyos pasos tienen eco
      a través de los corredores del Tiempo.

      Pues como sones de música marciales,
      sugieren profundos pensamientos;
      La lucha y los afanes de la vida;
      Y esta noche deseo descansar.

      Lee de algún poeta más humilde,
      cuyos versos nacieron de su alma,
      como las lluvias de las nubes del verano
      o las lágrimas de las pestañas de las estrellas.

      Poeta que después de largos días de labor,
      y noches sin descanso,
      aún escucha en su alma la música
      de admirables cantos.

      Tales poemas tienen el privilegio de aquietar
      el torturado pulso de las ansias,
      y llegan siempre como las bendiciones
      después de las plegarias.

      Elige, pues, en el precioso libro
      el poema de mi gusto,
      y asocia a la rima del poeta
      la belleza de la voz.

      Y la noche se llenará de música,
      y las preocupaciones que invaden el día,
      plegarán su tienda como los Árabes,
      y se alejarán en silencio en la noche.

  • Está sucediendo una mujer
    • Por Omar Ochi

      Sea quien seas, sales del trabajo.

      Vas caminando por la calle de las distancias.

      Te detienes en una de las puertas ciegas.

      Abres el tiempo. Entras en la casa.

      Te sientas en alguna soledad.

      Ahora tu mano sostiene la pava o el mate

      o la vida que ha cambiado de lugar.

      ¿Acaso la vida? ¿Por qué no los sueños?

      ¿Cuándo fue la última vez que te viste vivir?

      ¿Cuándo será el día en que volverás a mirar

      el espejo de tus costumbres argentinas

      y te verás:

      muchacha de ojos viajeros

      que no deja de esperar al Amor?

       

      Sea quien seas,

      puedo suponer que, a esta hora exacta,

      lees las palabras de un poeta

      y se escapa una risa.

      ¿Será por eso?

      ¿Es esa la razón por la cual yo también sonrío

      al decirle al viento de la noche que, a lo lejos,

      está sucediendo una mujer?

      Sea quien seas, vives soñando.

      Se calienta la pava. Arden los sueños.

       El sabor de la vida es dulce y amargo. 

                                                     En ‘‘Edel II: ¿Qué es la vida?’’ Omar Ochi

  • Indonesia
    • Por Horacio Anizton

      El primer terremoto fue de magnitud 8,7 Richter. Sucedió a cuatrocientos treinta y cinco kilómetros de la capital provincial de Aceh: Banda Aceh.

      Los residentes optaron por huir, sumamente alarmados.

      Indonesia, bajo un posible caos… bajo el temor de lo incierto.

      Con un epicentro ubicado a unos seiscientos quince kilómetros de Banda Aceh, se dio una réplica de magnitud 8,2 Richter.

      ¿Se repetiría el horror del 2004?

      En su presente, los indonesios debían alejarse de las costas occidentales.

      Gran número de enfermos tenían que ser evacuados de los hospitales… Las calles presentaban un panorama horroroso. El temor llevaba a que los gritos se suscitaran sin creer quienes los producían, que podían aplacarse y en cambio contaban con la ayuda de la imaginación, para verse pronto tirados en el suelo, muertos.

      Al final, los daños no fueron alarmantes.

      Pero, ¿y si hubiera sido distinto?

      En ello meditó Prih, una vez que supo que los dos sismos fueron geológicamente di-ferentes al que ocasionó el tsunami en el año 2004, puesto que ocurrieron horizontal-mente.

      “Las placas tectónicas se deslizaron una al lado de la otra, provocando una vibra-ción en el agua ”, supo más tarde.

      Prih, abrazó a su esposa e hijos, y recordó lo que cierto día le contestó a un compa-triota que se proponía enviar ayuda a los japoneses que habían sufrido aquella recordada tragedia: “ No quiero a los japoneses. Que ellos solucionen sus problemas ”.

      Ahora, caminaba arrepentido por las calles de Banda Aceh… contemplando las be-llezas que podían haber permanecido tan sólo en el recuerdo de otros.

      Durante varias noches, tuvo sueños… en el cual sus hijos quedaban atrapados en es-combros, y él no podía hacer nada. Al mirar hacia su izquierda, veía a su esposa tirada, con un hilillo de sangre brotando de sus labios… esos labios que tantas veces había be-sado. Sabía que era inútil acercarse a ella. Era evidente que estaba muerta, que sus sig-nos vitales se habían marchado con aquel agónico grito de desesperación que no tardó en irse, pero que en su mente retumbaría por largo tiempo. Pero aunque hubiera querido arrimarse a ella, no podía. No podía, ni siquiera correr hacia sus hijos. No sabía bien qué le impedía hacerlo. Aunque con esfuerzo casi al borde de la desesperación lo intentaba, no lograba desplazar su cuerpo. Algo que no veía, lo ataba… algo que no acertaba a comprender, lo mantenía a pocos metros de sus hijos - que gritaban lastimosamente sin cesar -.

      Alcanzó a divisar a dos hombres delgados que ingresaban a lo que antes había sido el hermoso comedor del piso, que compartió con su familia.

      Sus hijos fueron salvados. Nadie lo descubrió a él. Aquellos dos hombres se llevaron a sus hijos. Apenas, alcanzó a ver que los rostros de los rescatistas, presentaban las ca-racterísticas propias de las personas nacidas en Japón.

      “¿Habrá ocurrido algo parecido? ”, se preguntó la joven escritora que vertió tal his-toria, producto de su creatividad, cuando cierto día visitó Indonesia. 

      Relato perteneciente al libro “Desde Mi Ataúd I (20 Cortometrajes en una Película)” - 2013 -

  • Revolucionario por elección
    • Por Nerina Panella

      Revolución: es el cambio inmediato o transformación radical y profunda respecto al pasado. 

      Burbujas de ira contenida que sopló el viento  

      Para esconder el llanto de sus fantasmas 

      El miedo movía una a una las células de su cuerpo dormido

      Silencio del desconsuelo, hizo evocar los sueños…

                                                              ladinos bocetos de una utópica vida 

      Inercia… de piernas,

                                         quería salir corriendo

      con el alma acelerada,

                       palpitando los segundos de horas maltratadas,

                                                    DESGASTADAS por la angustia… 

                                                                                     Por años paralizadas 

      El movimiento fue empujado por la memoria de sus músculos

      Pero fue el olvido quien mantuvo la dinámica 

      Tomó sus valijas para comenzar el viaje

                                    de espaldas a las cadenas que ataban su existencia 

      Sus sentimientos se revolucionaron

                                                         Fue una decisión: abandonar el letargo 

      Quiso volver a la vida,

                                         revolucionar sus días…

                                                                               Y empezó

                                                                                              con una sonrisa

      Nerina Panella

  • Los poetas vivos
    • Por Omar Ochi

      Los poetas vivos 

      Mueren de hambre en una esquina de panes dentados,

      ofician de pájaros en el silencio de la gente,

      inventan nereidas en un mar de soledades,

      se suicidan con la punta de un verso,

      con la espada indecible,

      con las huellas del ave que huyó por la puerta

      dejando al amor con las manos vacías.

       

      Evocan las manzanas de su pobreza

      o reparten estrellas en los ojos habituados a la penumbra.

      Beben peces de absenta en una tertulia de sombras,

      cazan mujeres, se encadenan a una sola reina,

      aman la vida en todos sus costados

      o se duelen a sí mismos cuando la tierra pide su verbo.

       

      Aunque reciten el dolor de los pueblos

      o canten con la lengua fría,

      el desierto no puede negar que detrás de cada poeta

      hay un cisne que aprende a encarcelar el viento,

      un barro que habla, una pluma que traduce

      los idiomas de la piedra despreciada.

       

      Hay palabras que son el sueño de unas lágrimas sucias.

      Hay poetas que sueñan, siembran, escriben

      un jardín de luz y agonía

      entre un silencio de polvo y otro de sangre. 

                                                                                                              En ‘‘Edel II: ¿Qué es la vida?’’

                                                                                                                                          Omar Ochi

  • Estela Arnoriaga Pizarro, poeta
    • Por Liliana Valverde

      Estela Arnoriaga Pizarro, poeta 

      Siempre alegre, con la sonrisa de su adolescencia. Ama a todas las formas de vida. Adentro de los límites de su departamento viven con ella  y su hijo, el novelista Horacio Anizton, cuatro graciosos perros, rescatados del abandono. Son las mascotas de una poeta. La acompañan ataviados de coloridos pañuelos en sus cuellos.

      Su poesía,  nacida en cuna romántica, no evade la realidad de nuestros días. Prueba de ello es su trabajo, “¿Cuál es la mirada que mejor calla?” y que presentamos en esta edición: 

      El día deja su país de raíces donado al viento de la noche,

      he de internarme en sus aljibes, la respuesta subterránea se quiebra en latidos.

      La luna parece una palabra de vidrio, se filtra en paisajes con alturas azules.

      Busco momentos que caigan como nubes, mis manos húmedas

      se entierran, en el parto del polvo sufren mis memorias…

      si hay pequeños que están hilvanando un certamen de lirios clavados en el viento…

      De aquellos niños violados, quiero calcar el retrato,

      de los que desaparecen y vuelven,

      colgar en la esquina su bosque de heridas.

      Ellos tienen los ojos con milagro de algodones, en la carne viva, el tiempo.

      Todo se hizo antes que los pasos…

      están escondidos detrás de las puertas pintadas con mosto de aserrines.

      La sangre cautiva descuelga una soga que contagia la muerte,

      tienen el precio en el pecho, no pueden hablar con palabras soñadas.

      ¿Cuál es el llanto que busco?

      ¿Cuál el que recorta un homenaje tallado de salitres?

      y el aliento bendice inocentes, de cara sucia y dedos alargados…

      Con vigilias sembradas de relojes, de veredas tan lejanas,

      equipaje de baldosas y gargantas,

         los caminos ya tienen un dibujo de paredes cada vez más apagado. 

      Noticias sobre la autora 

      María Estela Arnoriaga, nació en Mendoza (Argentina).

      Es egresada de la Universidad Nacional de Cuyo, y luego continuó sus estudios en la     Facultad de Filosofía y Letras, y Facultad de Bellas Artes de la misma Universidad.

      Dedicada a la docencia en Lengua, Literatura y Francés.

      Escritora en el género de poesía, ha obtenido numerosos premios literarios en Argentina y otros países; cuenta con importantes publicaciones en periódicos argentinos y extranjeros.

      Publicó tres libros de poesía y tiene en preparación otros tantos.

      Ha ofrecido numerosas conferencias, charlas y presentaciones literarias en distintas provincias argentinas.

      Ha obtenido numerosas distinciones literarias en el país y en el extranjero.

      Es integrante de S.A.D.E.: Sociedad Argentina de Escritores, filial Mendoza e inte-grante de NORBA, Sociedad de Pintoras de Buenos Aires.

      Como artista plástica, se ha distinguido en óleo, exponiendo entre otros lugares, en Viña del Mar (Chile) y provincias argentinas. Posee varios premios.

  • A ti... Mendoza
    • Por Enrique Alcarraz

      Todos lo dicen, tiene un encanto que atrapa
      será por su gente.. amable...y ... educada
      o por su carácter europeo
      calles limpias... bella vegetación
      lugar, para descansar
      buenos vinos, de rica cepa
      así es Mendoza.
       
      Calles de gran comercio
      de noche, aún mejor
      visitarla, se hace fácil
      olvidarla, no es sencillo
       
      Mendoza, eres mi lugar favorito
      también, te has metido, en mi corazón
      trataré de volver
      a oler tus avenidas perfumadas
      Mendoza, Ciudad encantadora.

  • "El príncipe de Asturias" o la vida de un moderno Odiseo
    • Por Liliana Valverde

      Una panadería de la Sexta lleva el nombre de un barco que naufragó en 1916. José López, un voluntarioso inmigrante

      ¿Dónde está el príncipe? Preguntó la niña a su madre, luego de deletrear dificultosamente. Como muchos pequeños ensayaba su reciente aprendizaje con todos los carteles que encontraba a su paso. Levantó la vista la madre y leyó: "El Príncipe de Asturias" panadería y le nació la duda.

      Ingresó al local la mujer, en Paso de Los Andes esquina Juan de Dios Videla y le contaron la historia, de tan singular nombre, parte de la historia. Fue bautizado así el negocio por un español inmigrante que salvó su vida en un tremendo naufragio ocurrido cuando venía hacia la Argentina. El buque en el que viajaba, se llamaba "Príncipe de Asturias".  Nada más. La síntesis de una tragedia y una vida que emergió del desastre. Una nave hundida en el océano  su nombre, tierra adentro, en Mendoza.

      José López se llamaba el adolescente que subió en el puerto de Málaga el 18 de febrero de 1916 al buque conocido también por su lujo y porte como "El Titanic español" El destino de José, Buenos Aires y luego Mendoza, ciudad de la que tenía buenas noticias en lo referente a trabajo, a la calidez de su gente y que albergaba una colonia urbana  formada por progresistas compatriotas. Además, ya residía en nuestra ciudad su hermano mayor.

      Viajaba en tercera clase, junto a un número no precisado de inmigrantes, se calcula que cerca de mil almas. En otros grandes ambientes de la nave iban hacia la capital de la Argentina unos pocos privilegiados rodeados de confort y amplios espacios destinados al esparcimiento.

      Eran las 4 de la mañana del día 6 de marzo de 1916, domingo de carnaval. Un gran ruido y un sacudón despertaron al pasaje. Se apagaron las luces en toda la nave y empezó el infierno de casi todos los naufragios. López, que viajaba en lo profundo del barco, subió a la cubierta en medio de una muchedumbre aterrorizada, familias enteras, niños. En cubierta algunos tripulantes con linternas encendidas trataban de imponer la calma. Decían que no pasaba nada. "El príncipe" se hundía, frente a las costas de Santos.

      "En eso advertí -escribió el sobreviviente años después-que varios pasajeros llevaban puestos chalecos salvavidas y recién entonces caí en la cuenta de que el objeto que tenía bajo la almohada y al que no le había prestado ninguna atención, era eso, un salvavidas. Como pude bajé corriendo a buscarlo y desde la escalera lo pude alcanzar, pero de nada me sirvió pues cuando llegué a cubierta una ola me lo arrebató"

      Sin esa ayuda, José se dio cuenta que la única chance a favor que le quedaba era abandonar la nave. Se encomendó al patrono de su pequeño pueblito natal, Pitres   Alpujarra española. A punto de zambullirse una voz lo alertó. Le indicó que esperara a que el barco, escorado a estribor, bajara más en su nivel. Ese ser anónimo lo instruyó además que no bien cayera al océano se alejara nadando lo más posible para evitar ser succionado por el remolino que provocaría la nave en su caída al fondo del mar.

      "Cuando el casco se puso casi a ras del agua, me arrojé" recordó López. En el agua lo esperaba una  lamentable sorpresa. Alguien que se ahogaba, lo tomó de los pies y con su peso lo llevaba por debajo de la superficie. Se hundieron los dos y providencialmente las botas, que José no tuvo tiempo de atarse, se le salieron. Detrás, los pantalones. Aferrado a esas prendas descendió esa otra persona hacia la muerte. En el límite de sus fuerzas, a punto de darse por vencido, encontró una tabla de 1,50 metros, aproximadamente de largo por uno, de ancho, con una argolla en la parte superior. Fue una lucha subirse a ella y lo consiguió. Aferrado al aro de metal aguantó el embate de las olas y de una fría lluvia. Hasta que apareció una lancha, horas después, ya era de día y el mar estaba calmo. Debió esperar a que auxiliaran a otras personas que estaban en mayor riesgo, desfallecientes y,  lo izaron a bordo. Luego se enteró de que fue el último náufrago rescatado.

      José López tuvo muchas actividades en Buenos Aires donde fue fotografiado innumerables veces tan sólo ataviado con sus calzoncillos largos y descalzo, hasta que un comerciante bondadoso lo vistió de pies a cabeza. Lo agasajaron a él y a otros sobrevivientes con fiestas, bailes y banquetes y tenía que contar, casi hasta el cansancio, las vicisitudes del naufragio. Por fin, llegó a Mendoza.

      Trabajó como conserje del Club Español, encargado de una finca y  capataz de cuadrillas de hacheros que cortaban algarrobos para producir leña, el único combustible hogareño en aquel entonces. En una propiedad de Ñacuñán vivía aislado. Aprendió a montar, a hacer asado y se convirtió casi en un gaucho. Cada tanto viajaba a Mendoza y no se privaba de sus gustos. Concurría a las funciones del Teatro Municipal, situado frente a la Plaza San Martín, en el que actuaban compañías de renombre internacional antes de viajar a Chile, visitaba a amigas y amigos y adquiría libros y revistas que le hacían más llevadera la soledad que le imponía su trabajo.

      Su hermano, afincado en la ciudad, montó un almacén. Llegaron de España su madre y hermanas. Comenzó entonces a desempeñarse en ese emprendimiento familiar. Luego, el momento en que fundaría su propio negocio. En un local construido especialmente y que aun perdura, en la esquina donde esa nena trajo del pasado al elegante barco en su afán de leer, abrió "El Príncipe de Asturias" así registrada la panadería como recuerdo de esa vez en que volvió a nacer. Dificultades económicas lo obligaron a vender la empresa años después. Se repuso de los traspiés y puso en marcha un aserradero. Formó una gran familia mendocina regida por su acendrado apego al trabajo.

      En los últimos años de su vida fue dueño de una librería y descubrió a la literatura como hacedor. Escribió una novela a la que tituló "Memorias de un inmigrante náufrago" Bajo el seudónimo "Odiseo" ganó el Primer Premio del Segundo Concurso para Autobiografías de la Tercera Edad que organizó la Subsecretaría de Cultura en 1994. Y su vida pasó a ser un libro, impecablemente escrito, en el que relata su infancia, su oficio y el de su familia, al que abandonó por peligroso: eran expertos fabricantes de fuegos artificiales. Aparece reflejado en  las páginas el espíritu de lucha, de decencia, que caracterizó a la inmigración española de principios del siglo XX. 

      José María de la Santísima Trinidad López Lupiáñez, nombres y apellidos del tenaz sobreviviente, falleció poco después de ver a su obra publicada, el  10 de junio de 1994.

      -Los propietarios actuales de la panadería "Príncipe de Asturias" son: Jimena Palacios y Walter Horton

      DATOS EN TORNO A LA TRAGEDIA

      • El barco transportaba a 654 personas de las que sobrevivieron sólo 177. Se cree que el número de víctimas fatales fue superior dado que las bodegas tenían capacidad para albergar a 1.500 inmigrantes. Iban a bordo polizontes, italianos que querían salvarse de ir a la guerra y pasajeros no registrados. De ahí que el número de víctimas, hasta hoy, resulta impreciso..

      • El accidente se produjo en un marco de condiciones meteorológicas adversas

      • La nave se hundió luego de chocar de lleno contra un arrecife. Se había desviado de su curso original.

      • Investigaciones realizadas años después del hundimiento determinan que el buque llevaba una cantidad importante de oro no declarado.

      • Albergaba el vapor en sus compartimientos especiales además 4.500 toneladas de cobre y 1.700 de estaño 45.000 libras esterlinas en monedas y joyas y una carga de oro en maletas diplomáticas de valor no revelado

      • El barco medía 150 metros de eslora (largo) y desplazaba 16.500 toneladas.

      • Un gemelo del Príncipe de Asturias, el "Infanta Isabel" tuvo una larga vida: 33 años. Vendido a Japón y con el nombre "Mishuo Maru" navegó desde 1941 convertido en transporte de tropas. Fue hundido en 1944 cerca de Filipinas por el submarino estadounidense USS-395 "Redfish"

      • Reposa el "Príncipe de Asturias a 45 metros de profundidad en un sitio azotado por fuertes corrientes marinas.

      • Con destino a Buenos Aires le cargaron en el puerto de salida más de una docena de grandes estatuas de metal que la comunidad española residente en la Argentina pretendía regalar a nuestro país con motivo del primer centenario de su independencia. Aun están en el fondo del mar. Sólo una ninfa de dos metros de alto fue subida a la superficie años después y aun permanece en Brasil. Los gobiernos argentinos no han hecho trámites para traerla. De las esculturas se encargaron réplicas que llegaron en 1927 y forman parte del Monumento de los Españoles en Buenos Aires. Menos, esa ninfa original, la última de las náufragas, que aun espera ser rescatada. 

  • Carmen Romero Beltrán fue la primera médica mendocina
    • Por Liliana Valverde

      Falleció en 1986. Acá la recordamos en una entrevista en la que habló de un tiempo pasado, de noches de luces amarillentas y de "Mateos"

      Primeros años del siglo XX. Aun no se convertía en el "cambalache problemático y febril" como lo definió el poeta Discépolo. Arrancaba manso, pero aun con la impronta del ciclo anterior, cierta dureza en las costumbres, manifestada -entre otros aspectos- en la vestimenta femenina, en la mínima apertura que la sociedad brindaba a las mujeres.

      El rumbo del siglo XX, que fue casi explosivo en cambios, en revoluciones, se iniciaba con chicas y señoras en un casi olvidado furgón de cola. Es justamente Beatriz Sarlo, la ensayista argentina, quien refleja, en varios de sus trabajos, el renacer de las mujeres, con su acceso a la lectura, y su tímida salida a las calles, al mundo.

      Ese guión de hierro dentro del que se movía la película de la vida argentina en esos años, imponía que las amas de casa debían estar cubiertas con ropajes de pies a cabeza. Tenían algunas pequeñas libertades, pocas. Una mujer fumando en público podía generar un escándalo.

      Las profesiones eran exclusivamente masculinas. El trabajo en las fábricas, el hogar, la enfermería, el destino de monja, eran los pocos horizontes que la sociedad les reservaba a las jóvenes, algunas soñadoras con otros horizontes.

      Y fue justamente Cármen Romero Beltrán quien decidió romper esquemas. Nació en Mendoza en 1898. Cursó estudios primarios en el Colegio General Juan Gregorio de Las Heras.

      Recordaba en una entrevista que concedió, ya jubilada "...con mis padres viajé a Andalucía y viví diez años en España"

      Sin dudas en Europa advirtió de cerca la transformación que el nuevo siglo traía, más acelerada en el viejo continente, más frontal que la de nuestro país. Y se decidió.

      "Al regresar a la Argentina ingresé en la Facultad de Medicina, en Buenos Aires, donde tuve la dicha de ser alumna de los doctores Mariano Castex y Luis Agote. Obtuve mi título en 1928 y me instalé en mi provincia"

      Fue en el Hospital San Antonio, situado en una manzana en la Cuarta Éste, lugar que ahora ocupa un conjunto de monobloques que lleva el mismo nombre, donde inició su actividad en guardias nocturnas, turno no muy adecuado para una joven mujer, pero era, como se dice, lo que había. Mejor dicho, lo que le impusieron.

      Con sus primeros ahorros compró un auto, que afectó al servicio "llegué hasta los lugares más pobres de esa Mendoza de antaño -contaba-no olvido cuando una madrugada llegó a buscarme el comisario de Bermejo para que atendiera a unos enfermos".

      Y siguen los recuerdos "También trabajé en el Hospital Provincial llamado después Emilio Civit, en partos. Nunca dejé de estudiar y aprender: Continúo leyendo textos de medicina, aunque ya no ejerza. También me recibí de profesora de corte y confección. Me gustaba un escritor mendocino, Leonardo Napolitano. Para mí la palabra sigue siendo algo sagrado y, aunque me perjudique, siempre cumplo con mi palabra"

      Recordó la médica a una ciudad desaparecida, con sus calles empedradas, de amarillentas luces en las noches, los coches de plaza (Mateos, los antiguos taxis tirados por caballos) las uvas que iban en su camino al vino en grandes y lentas carretas, las vacas lecheras que hasta se animaban a andar por la calle San Martín.

      "Todo eso se fue" rememoró la médica "como se fueron también todas mis amigas" El punto final de sus recuerdos tenía un solo nombre: soledad. Pero a ella le dolía menos, porque vivió intensamente "he viajado mucho. Fui a Jerusalen donde toqué la tierra donde estuvo Jesús. También estuve en Norteamérica. Nunca terminaré de comprender las maravillas que hay en el mundo"

      Y como síntesis de su larga existencia dijo: "He vivido bien, he sido querida, mimada y rica"

      Sus últimos días transcurrieron en una bella casona de avenida San Martín al 2200, frente a la Alameda. Solar y que aún se mantiene en pie.

      Entrar a esa residencia era como hacerlo en un santuario del tiempo, de grandes patios poblados de añejas plantas en enormes macetones, vegetales que ella cuidaba con desvelo. En la amplia sala fotografías de instantes de su vida profesional. A los 87 años, se la veía caminar por las veredas y pasaba inadvertida. Pero gozaba de la admiración y gratitud de quienes fueron atendidos por ella.

      La doctora Carmen Romero Beltrán, dejó de existir el 17 de noviembre de 1986, a los 88 años de edad. Poco antes, conversó con la periodista que hizo esta nota. Impresionaba como una persona tranquila, satisfecha por haber cumplido con sus sueños. De trato cordial, aún tenía guardado un coche de los que usaba en su trabajo, antiguo y reluciente auto.

      Se movía despacio entre los altos muebles de su familia, que conservaba. Vivía rodeada de gratos recuerdos.

      Y no le daba mucha importancia el haber sido la primera médica mendocina.

  • Mi ciudad en postales
    • por Isabella Martín

      Ochenta y seis años de vida no son fáciles de recordar, al menos para mí.

      Hay días que me encuentro "como siempre" y otros aturdida y cansada. En estos, me cuesta seguir el ritmo habitual de mi existencia debido a los olvidos que aparecen espaciosamente en mi mente. Escuché que estos síntomas son el comienzo de algo que se irá agravando con el paso de los días.  Por eso no puedo perder tiempo en descripciones. Me enfocaré en los rincones de la ciudad en la que vivo, porque fue en cada uno de ellos donde transcurrieron los momentos más significativos de mis largos años.

      Mi nieto dice que las imágenes que vienen a mi cabeza duran sólo diez minutos, por lo tanto no puedo demorarme mucho en escribir estas líneas. Trataré de recordarlo todo y poder expresarlo brevemente.

      Nací en la capital de Mendoza, en el hospital Lagomaggiore. La debilidad con la que nací obligó a mis padres a dejarme unos días allí en observación, de manera que ese fue mi primer hogar. Lo superé rápido, soy una persona fuerte y amo la vida. Al mes mis defensas eran suficientes para irme a casa.

      Siempre viví en calle Boulogne Sur Mer, a dos cuadras del Parque General San Martín. Durante toda mi vida sentí una gran debilidad por el  ordenamiento espacial dinámico, rico en perspectivas, de este gran espacio verde de mi hermosa ciudad.

      El 5 de abril de 1955 me enamoré. Todo ocurrió enfrente del lago. Era otoño y la arboleda amarilla rodeó ese momento único, el que todavía recuerdo detalladamente. Pero no me extenderé más en esto, pues faltan tres minutos para que mis recuerdos se transformen en una nebulosa.

      Las imágenes que vienen a mi cabeza, vienen en forma de fotografía, estáticas, es decir, sólo puedo retener las cosas por pocos segundos y en forma de postal. Mi edad no me permite más que eso.

      Recuerdo el día de mi boda como si fuese hoy. Me casé en la Parroquia Santiago Apóstol y San Nicolás, donde ahora está la maravillosa Peatonal Sarmiento. Las anécdotas más divertidas se las lleva este impecable lugar, en donde todos los jueves por la noche, me reunía con mis amigas de la infancia a hablar hasta altas horas de la noche.

      Ahora me encuentro sentada frente al lago del parque; lugar donde me enamoré.

      Se me ocurrió escribir esta breve historia mientras veo cómo juega a la pelota Gaspar, mi nieto, en el infinito verde de este lugar que tanto ha crecido con el paso de los años. Ahora quiero seguir disfrutando de él, el tiempo de recuerdo termina. Mañana sé que regresarán mis diez minutos y allí podré continuarles mi historia... 

  • Mendoza en pequeñas y grandes historias
    • por Liliana Valverde

      El Loco del Palo

      Casi en nuestros días 1978 un sujeto ataviado con una suerte de sayal de fondo blanco y vivas tonalidades impresas a mano. Sobre esa atípica vestimenta con el aditamento de una pata de mesa a modo de báculo y una gran pelota amarilla, melena cana revuelta, ojos azules intensos, era una figura clásica del centro de la Ciudad. Siempre muy limpio, pulcro, sobrio, entablaba diálogos directos con Dios en las esquinas más transitadas. En Montevideo y San Martín jugaba al fútbol, con una leyenda de ese deporte Víctor Legrotaglie y otros compañeros de su equipo.
      Era invitado permanentemente al desayuno por el dueño del ex café Gargantua de Rivadavia y San Martín, Julio "El Negro" Castillo. Se sentaba en un sillón tipo trono reservando a los ex clientes de la gran sastrería "Jomir". A la gente de su simpatía, a sus amigos de la calle le regalaba acuarelas por él pintadas.
      Alguien en una mañana lo asesinó sin motivo. Considerado un "canto a la libertad" en tiempos de represión, su muerte generó poesías y hasta una obra de teatro. Se llamó Osvaldo Noceda Armani.

      Santos Vega y el diablo

      Juan Gualberto Godoy fue además de periodista, poeta y narrador, uno de los grandes payadores de la Argentina. Perseguido por su postura política adversa al gobierno de aquel entonces, emigró hacia la provincia de Buenos Aires donde instaló una pulpería. Según algunos estudiosos, la misma donde Santos Vega paya contra el diablo. Se dijo, se dice, ese payador casi invencible en la lid con Santos Vega fue Juan Gualberto Godoy.

      El Gaucho Cubillos

      Un maleante, con los atributos de Robin Hood o de Salvatore Giuliano (robaba a los ricos y ayudaba a los pobres), que tuvo a maltraer a la Ciudad a fines del siglo XVIII. Se movía por barrios de extramuros y se convirtió en una leyenda aún en vida. Abatido por una comisión policial, sepultado en el cementerio de Capital. Adquirió fama de "santón" y su tumba es todavía lugar de peregrinación.

      El Ícaro mendocino: El Molinero Tejera

      Amigo dilecto de San Martín, ansiaba volar. Se fabricó unas alas y se lanzó de lo alto, obviamente con resultado negativo. Resultó lesionado. Hay quienes lo consideran, no obstante lo fallido de su intento, uno de los antecesores de la aviación.

      Quijote

      La historia del Quijote mendocino Corro, rescatada por el poeta Juan Gualberto Godoy y traducida en un libro que refleja la rebeldía de ese ex soldado de San Martín.

      Área Fundacional

      La historia de la fuente. Era el surtidor de agua de la pequeña Ciudad de Mendoza. El líquido venía desde la cordillera, desde una surgente que aún calma la sed de los mendocinos: Puesto Frías.
      La Fuente, que aún se conserva por debajo del nivel de la plaza Pedro del Castillo, es un valioso patrimonio de nuestra historia.

      Un suceso con características legendarias

      Un hombre hablaba con acento francés días antes del terremoto de 1861 en los puntos más concurridos de la antigua Ciudad. Anunciaba estentóreamente el advenimiento de un gran sismo. Nadie le creyó. Un día antes de la catástrofe, desapareció del lugar. ¿Era un vidente? ¿Existió realmente?

  • Las callecitas mendocinas tienen ese no sé qué...
    • Por Leandro Espejo

      Un día soleado de Abril, después de un largo día de trámites burocráticos, y con la necesidad de matar tiempo para asistir a un compromiso posterior, me propuse caminar un poco por las calles de Mendoza.

      La verdad es que nunca me gustaron las ciudades, un poco por disponer siempre de poco tiempo para recorrerlas, y otro poco por odiar de alguna manera la "vorágine" que imperia en las grandes polis.

      Pero ese día fue distinto. Descubrí algo que pocas veces había notado.

      Pude ver detrás de todo ese monstruo de cemento y de personas que caminan mecánicamente mientras hablan por celular, una especie de ciudad escondida u "oculta", por llamarla de alguna manera.

      Ese día percibí las innumerables muestras de solidaridad de la gente, que da limosnas a los que más la necesitan.

      Pude ver el enorme, casi titánico trabajo, que hacen los porteros de los edificios para limpiar las veredas de las millones de hojas que caen de los árboles y tiñen las veredas de amarillo.

      Observé a los agentes de tránsito mediante señas mimescas ordenar ese caos vehicular que siempre me irritó.

      Pude ver a los policías parados en las esquinas siempre atentos cuidando a los ciudadanos de los amigos de lo ajeno.

      Pude ver a los placeros arreglando las innumerables flores que adornan las plazas con vocación maternal.

      En fin, podría gastar demasiada "tinta virtual" escribiendo todo lo que vi ese día...

      Pero lo importante es que comprendí esa hermosa manera de funcionar que tiene la ciudad de Mendoza, esa rara simbiosis que se forma de manera natural y que todos instintivamente confabulan para que suceda...

  • Bandadas de recuerdos
    • Por Juliana Gancia

      El sonido del acordeón en las manos de aquel hombre me arrugó el sentimiento. Bastó con que el personaje situado enfrente de aquel café, en Peatonal Sarmiento,  hiciera fluctuar una sola vez el aire abriendo el instrumento mientras presionaba una o varias teclas, para que un escalofriante estremecimiento se apoderara de mis sentidos más ocultos.

      "Ocultos", porque nunca antes había sentido tanta pasión por alguna melodía.

      Al sonido lo acompañaban sombreros al estilo gardeliano, zapatos confeccionados en charol, y demás indumentaria con el modo y la elegancia que caracteriza a la milonga. Quienes cargaban con este ropaje era una pareja que bailaba sobre un pequeño escenario siguiendo aquel ritmo que conmovía el alma de la gente presente.

      Las noches eran inmortales, nunca concluían; la temperatura era muy baja y el sol se desvanecía sin dar aviso.

      Tenía el alma un tanto nostálgica, pues el día anterior, había perdido a Luca, quien hasta ese momento era la compañía de todos mis días, mi apego más sincero, mi diversión más espontánea, las conversaciones más abiertas y los abrazos más cálidos y esperados de todos los días.

      En ese instante recordé lo mucho que le hubiese gustado a Luca estar ahí. Él sentía una fascinación única por el acordeón. Amante de Carlos Gardel, Aníbal Troilo y Osvaldo Pugliese, Luca trataba en todo momento de provocar en mí la misma pasión que sentía él por el tango. Y lo logró.

      Nos conocimos la tarde del cinco de julio de 2002, en un espectáculo de tango en plaza Independencia. Yo fui obligadamente por una amiga, es que hasta ese momento el ritmo del 2x4 no había atrapado mis sentidos; él, tenía planeado ir hacía tiempo. Mientras el artista hacía sonar su versión personal de "Amores de estudiantes" de Gardel, el tiempo se detuvo en una sola mirada. Los ojos de Luca se apoderaron de los míos, y los míos de los suyos.

      Pero ese día, en aquel café, frente al escenario vestido de tango en la Peatonal de Mendoza, alguien ya no estaba objetivamente, puesto que cuando nosotros estamos la muerte no está, y cuando ella llega no estamos ya nosotros. Y Luca ya no estaba.

      Y yo, sola.

      Comenzó a sonar la misma canción con la cual eternicé "esa" mirada de quien se había marchado. Hay momentos y perfumes únicos, tan especiales que nos trasladan al lugar y al tiempo deseado. Y ahí estaba yo, transportada junto al alma de Luca, modulando al mismo tiempo que el intérprete una de las estrofas del tema con el que conocí a quien hoy ansío tanto: "Bandadas de recuerdos de un tiempo querido, lejano y florido que no olvidaré"... 

  • De amor, flores y cielos...
    • Por Liliana Valverde

      Ocurrió aquí, en la Ciudad. Fue un suceso intenso, como una llamarada fugaz. Diciembre de 1928, en un verano de noches sofocantes, con olor a tierra mojada y sillas en la vereda. Pasó en pleno centro de veredas con viejos caserones, de patios plenos de palmeras, madreselvas  perfumes y sus sombras. Fue en una mañana, cuando las devotas pasaban para llegar  a la primera misa. Hace 80 años.

      Una vez por semana se divisaba, apenas sobre las frondosas copas de los árboles, un aeroplano que sobrevolaba una señorial casa de pájaro de tela y madera. El piloto, sin cobertura, como si fuera parte de la nave, saludaba y luego dejaba caer un pequeño bouquet de rosas rojas, dedicado a  una bella jovencita que esperaba. Ella, deslumbrada tomaba el ramo y agitaba su ramo. Después el biplano seguía su viaje.  Esta escena se repetía una vez a la semana en horas de la mañana, entre las nueve y las nueve y media.

      Y llegó un día, otro y otro. Libertad, el nombre de la chica,  atravesaba el largo zaguán abovedado y se detenía frente a la puerta de calle, mirando al cielo, cuando la ciudad estaba recién despertando.

      Ella y el aviador se habían conocido en un baile hacía poco tiempo. El, era rubio, casi pelirrojo, oriundo de Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Un hombre alegre, dicen, buen mozo y afortunado. La joven, por demás bella, siempre despertaba admiración. De ojos azules y pelo rubio, tenía sólo dieciséis años. En el umbral de su puerta esperaba la "pasadita" del romántico aviador.

      Esa mañana, Libertad recorrió el camino de siempre. Ya eran casi las nueve. La imagen del De Havilland Moth apareció rompiendo las nubes casi grises. El enamorado  soltó las rosas rojas. Ella, encendida de alegría, sin presagiar la tragedia, las tomó y agitó sus manos. De pronto se oyó un estruendo y la atmósfera se enrareció. La chica siguió mirando al fondo de la calle. Sólo veía una gran nube de polvo. Permanecía inmóvil en el umbral. Todos corrían. Parecía que la Ciudad entera se había vuelto loca. El que iba en el  aparato era el teniente aviador militar, Bartolomé Malatesta. Ella era una linda mendocina: Libertad "Chola" Cremonte. Ese día, él llevaba un acompañante civil, José Herrada, su amigo.

      Las crónicas de la época detallaron los pormenores de un drama que conmocionó a los mendocinos "Se produjo ayer en plena Ciudad un fatal accidente de aviación, destrozándose un avión del Aero Club Mendoza. Del hecho resultó muerto el aviador militar, teniente Bartolomé Malatesta y gravemente herido el piloto civil José Herrada. La máquina había decolado del campo de aviación Los Tamarindos, piloteada por Herrada. Instantes antes del accidente se pudo observar que el aeroplano  volaba, cuando se produjo el accidente a una altura no mayor de cuarenta metros, sobre Montevideo frente a San Martín, procedente del Noroeste..."

      "Ocurrió después  de que el piloto civil Herrada hiciera efectuar al avión un "pique" cuando se hallaba frente a Montevideo y San Martín, debido a esta temeraria como imprudente maniobra, el aparato descendió hasta treinta metros del suelo para tomar altura nuevamente y en esas  que no podía hacerlo a riesgo de su vida y la de su acompañante..."

      Desde la salida de los árboles el avión hizo un recorrido en pocos segundos hacia la plazoleta para ir a estrellarse en la puerta de la casa de Vicente López 187, quedando bajo sus escombros el piloto Herrada y su acompañante Bartolomé Malatesta. Los restos de la gallarda aeronave, cubrían el cuerpo del enamorado aviador, que murió instantáneamente y de José Herrada, con serias lesiones. El motor de la avioneta, debido al impacto, se desprendió y fue al final del zaguán de la casa antes mencionada..

      El cuerpo sin vida del malogrado Malatesta, el soñador, fue conducido al Casino de Oficiales del Grupo de Aviación Militar para el velatorio. Casi todos los habitantes de Mendoza, ese 16 de diciembre de 1928, desfilaron por la plazoleta llamada en aquellos tiempos Vicente López.

      Ninguna crónica de la época mencionó ni el ramillete de flores ni a Libertad. Casi todos conocían la historia de las "pasaditas" que el aviador, encendido de ensueño, realizaba una vez por semana. Fue un susurro, una confidencia que quedó en el corazón de sus amigos, quienes, ya ancianos, seguían relatando lo sucedido. Eran otros románticos como él, pilotos que luego contaron la historia a sus hijos y nietos como un homenaje a ese breve  y trágico idilio.

      Libertad se radicó definitivamente en Buenos Aires y, según los pocos datos con que se cuenta de ella, transcurrió su vida casada con un militar en el barrio La Recoleta. Acaso ante el ronroneo de un motor en el cielo, levantaba la vista esperando ese último bouquet de rosas rojas. Tal vez el ramillete aun desciende desde el cielo hacia su corazón que nunca dejó de ser adolescente y romántico. 

  • Los alegóricos portones
    • Por Laura Navarro

      Siempre le gustó el arte, la literatura y la música. La preocupación estilística y el interés de mostrar lo irreal o extraño como algo cotidiano y común era su razón de ser. Las pinturas que demostraban una realidad alterada la enloquecían. Su fin no era suscitar emociones sino más bien expresarlas.

      En 1963, Álvaro y René bautizaron en la Catedral de Saint André en Burdeos, Francia, a Isabella, una joven de tez blanca, cabello castaño claro, ojos miel y de contextura delgada.

      Las habilidades artísticas de Isabella eran notables. A los tres años sabía leer y escribir, a los cinco comenzó a asistir a clases de piano, y sus destrezas para dibujar objetos y paisajes marcaban la diferencia entre los niños de su edad.

      Su tía, Helena, vivía en Mendoza y adoraba a su sobrina.

      Cuando Isabella cumplió los quince años, Helena le envió un regalo por encomienda. Este era un libro turístico, con historias y fotos de la ciudad de Mendoza.

      El primero de los textos hacía referencia al Parque General San Martín. La joven quedó encantada con la imagen de los portones, cuyo emplazamiento data de 1909 y están coronados por la figura de un cóndor y el escudo de Mendoza.

      Sin pensarlo demasiado, decidió que al cumplir la mayoría de edad, viajaría hasta ese lugar a retratar la imagen que tanto la había conmovido.

      Y así fue.

      El cuatro de septiembre de 1984, al cumplir los veintiún años, la adolescente viajó a Mendoza. En el aeropuerto la esperaba Helena para darle alojamiento en su casa, la cual quedaba en frente del Parque.

      Era una casa antigua, grande, tenía cinco habitaciones. La joven recorrió todas y optó por aquella que tenía balcón. Su elección no fue al azar, ya que los ventanales del mismo daban justo a los portones del parque General San Martín, y eso era todo lo que necesitaba para volver a Francia habiendo cumplido aquello que prometió a los quince años: utilizar el don con el que había nacido en una pintura que reflejara la misma sensación que experimentó ella al ver la imagen en el libro que le había regalado su tía.

      La primera noche no hizo más que dibujar y tirar aproximadamente veinte bocetos de la emblemática vista desde el balcón.

      Durante una semana no hizo más que observar hasta el mínimo detalle de lo que sería la pintura más cotizada luego de su muerte. Con el correr de los días, su pulso comenzó a mejorar y el producto fue una obra de arte de dos metros de largo y tres de ancho.

      Años después, la obra de la joven francesa, del cóndor con sus alas y el escudo de Mendoza en los portones del parque de la ciudad de Mendoza, plasmados de una manera realista, pero alterada, sería nombrada la mejor representación del siglo.

      Si no hubiese sido por Helena, su sobrina nunca podría haber dejado la huella que dejó en la provincia de Mendoza. 

  • Galina Tolmacheva, mujer bella y repleta de magia
    • Por Liliana Valverde

      Galina Tolmacheva, mujer bella y repleta de magia

      Maestra rusa, fundadora de la Escuela de Teatro de Mendoza.

      Es inolvidable. No se puede decir “fue” ya que sigue viva y cada tanto resurge en el pensamiento de quienes la conocieron.

      Galina Tolmacheva, rusa, discípula de Konstantin Stanislavski, el gran especialista de teatro de Moscú, creador de El Método, sistema de formación actoral que dio base, entre otras grandes escuelas del mundo, al Actors Studio de Lee Strasberg.

      Mendoza tuvo el privilegio de recibirla y transformarla en una de sus ciudadanas. Se quedó para siempre y dejó instalado el primer establecimiento de enseñanza teatral de la Universidad Nacional de Cuyo, hoy la prestigiosa Facultad de Arte Escénico.

      Huyó de Moscú cuando se produjo la revolución bolchevique en 1917. Instalada en París, muy joven, formó parte del Ejército Blanco, una fuerza armada que tenía la misión de reinstalar a la monarquía en su patria. El proyecto no prosperó y Galina, junto con quien fue el amor de su vida, también llamado Konstantin, un concertista de piano finlandés, se instaló en Mendoza. Se dedicó de lleno a la docencia teatral. Fue la formadora de grandes actores como Aldo Braga y dramaturgos como Fernando Lorenzo.

      Bellísima en su juventud y madurez. Anciana dura y a la par dulce con sus afectos. Bebía vodka que elaboraba “Kapla”, Gotita en ruso, apodo cariñoso con que la maestra llamaba a su pareja. Usaba unos pequeños vasitos de plata labrados, mientras fumaba cigarrillos negros. Autora de varios libros. Como “El peregrino” la historia de un caminante que repetía incesantemente una breve oración al ritmo de los latidos del corazón, mientras recorría el vasto territorio de Rusia. “Ética del actor” otro de sus textos, invaluable manual para la escena de todos los tiempos.

      Uno de sus gestos: apoyaba su mano derecha en la cabeza de alguien querido por ella, unos segundos. Emanaba de su palma una fuerza desconocida, una corriente eléctrica, indefinible calor, energía que aclaraba los pensamientos.  

      Sus relatos del teatro de San Petersburgo en los días del último zar, los quinqueles y asientos de terciopelo rojo. En el escenario, Sara Bernhardt en el papel de Juana de Arco, la doncella de Orleans, en la obra de George Bernard Shaw.

      Galina aconsejaba a sus amigos, con su experiencia de convivencia: “Una pareja son dos y nada más. Pueden decirse entre ellos, cualquier barbaridad, insultarse crudamente, eso es válido, es uno de los senderos del fuego del amor. Pero nunca, deben tratarse mal delante de otros, aunque más no sea de una sola persona. Las palabras feas de la intimidad se olvidan, se perdonan. Las malas palabras dichas ante testigos siguen vivas para siempre y pueden convertirse en un infierno”.

      Su muerte en el marco de un pacto de amor.

      Muy enferma, parapléjica, imposibilitada de hablar, era atendida por su marido Konstantín Ella se hallaba en el lecho. Los ojos abiertos, bellísimos fijos en el cielorraso. Orillaba los cien años de edad.

      Y se precipitó la tragedia que conmocionó a la ciudad. Konstantin con un revólver le disparó en la cabeza a Galina. Luego trató de suicidarse. No pudo. Un infarto lo derrumbó cuando oprimía el gatillo y el proyectil le rozó el cráneo.

      Ese fue el fin de una historia de amor que se proyectó por años.

      Recuadro

      Foto de Annemarie Heinrich, acaso una de las más conocidas fotógrafas de artistas, con estudio en Buenos Aires. No firmó este bello trabajo por pedido de Galina, ya que temía la persecución que muchos rusos sufrieron en Europa.

      Galina, mujer de singular atractivo, de mirada profunda y triste. Ella acaso ya sabía en esos años el destino que le tocaría vivir en Mendoza: convertirse en uno de los pilares de la actividad teatral de la provincia.

      Recuadro.

      El 15 de febrero de1895 nació Galina Tolmacheva.

      1925. Llega al país la actriz y directora rusa, quién será muy considerada en Mendoza, donde reside a partir de 1948.

      Edita en Buenos Aires el periódico “El Ruso”, como jefa del partido monárquico revolucionario.

      1927. Se naturaliza argentina.

      1937.Viaja a París.

      1947. De regreso a Buenos Aires publica “Creadores del teatro moderno”.

      1949. Crea la Escuela de Teatro de Mendoza.

      1988. Mueren trágicamente Galina y su esposo Konstantin en la casa de Chacras de Coria.

      Fuente del cronograma: www.Teatralizarte.com.ar.

  • Los últimos días de Antonio Di Benedetto
    • Por Liliana Valverde 

      Di Benedetto, escritor y periodista mendocino, fue detenido en marzo de 1976 por los militares encaramados en el poder. Los mismos acusados de ser los responsables de las desapariciones de 30.000 personas.  

      Dueño de una obra importantísima por su toque distintivo, el original y cuidado manejo del idioma y lo sorprendente de su temática, Antonio Di Benedetto nunca supo la razón de su detención ni de su paso por cárceles donde fue sometido a torturas. Tampoco quién ordenó la destrucción de su notable carrera periodística. Fue justamente en penales a cargo de sádicos donde se inició su deterioro físico.

      Una imagen muy sensible del fin de Antonio la da uno de los médicos que lo atendió en el hospital Italiano donde se hallaba internado, en Buenos Aires. Se trata del doctor Carlos Becker, quien relata: “Cuando lo trajeron yo no estaba de guardia. Al otro día, cuando llegué al hospital me entregaron la ficha de aquel paciente: Había sido internado después de una descompensación cardíaca en la sala 2, cama 3. La ficha decía: Paciente, Antonio Di Benedetto. Edad: 64 años. Fecha de Nacimiento: 2 de noviembre de 1922. Lugar: Mendoza. Al verlo, se acomodó en la cama. Su pelo y barba blancos, ojos hundidos y el cuerpo un tanto deteriorado. Un hombre viejo – pensé-. Podía ser mi padre. Había angustia y mucha resignación en su mirada. Es cierto que algunos pacientes parecen tristes, pero ese hombre parecía vencido.

      -Se siente mejor?- pregunté.

      -Si, estoy bien. Tengo mucha edad y me duele acá - dijo señalando las costillas.

      La voz era quebrada, pero anteponía paciencia. Parecía acostumbrado a arreglarse con poco.

      Al otro día había mejorado notablemente. Lo encontré despierto, con sus gafas puestas y leyendo un libro de tapas amarillas. Me acerqué y levantó la vista.

      - ¿Lee?- interpelé estúpidamente.

      -Pirandello - dijo. Es teatro. “Esta noche se improvisa”- indicó señalando la tapa del libro e inquirió si me gustaba la lectura, le contesté la verdad, no me gusta leer mucho, algo de vez en cuando.

      -Lo interrogué acerca de su profesión, manifestó que era escritor: “Tengo un par de libros, cuentos y novelas”.

      Yo había leído en su ficha que era de Mendoza y le pregunté si había venido a Buenos Aires por trabajo, pero no contestó. Advertí cierto pudor, quizás recuerdos amargos. Cambió de tema. Me pidió un vaso de agua. Se lo alcancé y siguió leyendo.

      -Esa tarde, al salir del hospital recorrí varias librerías. Encontré “Zama”, “El Silenciero” y “Cuentos del Exilio”. Allí había datos que me permitía entender el silencio de ese hombre. Creo que esa noche leí mucho más que lo leído en toda mi vida.

      -Al otro día fui a contarle, pero me dormía. Volví luego de hacer varias curaciones y atender dos ó tres consultas. Estaba despierto y con los anteojos puestos, pero no se lo veía muy bien.

      -Estuve leyendo sus libros - le dije como dándole una buena noticia, pero advertía en él una expresión triste, un poco lejana.

      -Bueno, ahora sabe un poco más de mí - respondió mirando hacia la ventana.

      -Sé que no le gusta el ruido, sé que estuvo exiliado y sé que, pero no me dejó terminar la frase.

      -Fui torturado. Mirá pibe, hay cosas que es mejor no recordarlas. Hay heridas que lastiman sin estar en carne viva. Lo que más me duele es no saber porqué lo hicieron. Quizás les molestó algún cuento, quizás mis notas en el diario. De todas maneras dudo que el tipo que usaba la picana alguna vez me haya leído... ¿Qué leíste? - demandó cambiando el tema.

      -”El Silenciero” y empecé “Zama”, me gusta la escena del principio. La imagen del mono en el agua, el cadáver del mono que vislumbró en el agua.

      -”El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos”...- recordó. A mi también me gusta esa parte - dijo con desgano.

      -Me llamaron por una urgencia y me fui.

      -A la mañana siguiente fui a verlo, pero la cama estaba vacía y tendida cuidadosamente.

      La ficha, aún colgada a los pies de la cama, sólo agregaba la fecha y causa de la muerte: 10 de octubre de 1986. Derrame Cerebral”.

      A todos los conocidos Di Benedetto les preguntaba si sabían de la causa de su detención. Nunca se enteró del motivo de ese inmerecido castigo que cayó sobre él. Sufría por ello. Fue como si sus verdugos, sabedores de su sensibilidad de artista, le dejaran activada una tortura perenne.

  • La foto que trajo la bella historia de un romance
    • Por Liliana Valverde

      Jorge Luis Borges y su esposa, Elsa Astete, en la Comuna de Capital. En el trabajo de rescate y digitalización de antiguas fotografías del archivo municipal nos encontramos con Jorge Luis Borges y su esposa, Elsa Astete, de visita en la Comuna.

      Años sesenta. La Municipalidad de Mendoza bajo el mando de un militar.  De los trasfondos de los archivos comunales emerge una foto, que publicamos.

      Una de las figuras: Jorge Luis Borges, con cierto aire de juventud aun. Su postura, ante la otra persona (por lo menos es la impresión) es la de un hombre que ve bien.

      Recibe, sin dudas, el símbolo de una distinción por parte de la Ciudad, un regalo. Pero ¿Quién entrega? La mujer sentada en el sillón ¿Cómo se llama? ¿Qué hacía en ese lugar? El sujeto seccionado por la mitad, a la izquierda de la acción, no tenido en cuenta por el fotógrafo, también forma parte de la incógnita.

      Con la ayuda de compañeros de trabajo memoriosos y  colegas,  se fue develando el enigma. El hombre con gomina con la cajita en la mano era el intendente. Pero no electo, sino puesto por el proceso: el vice comodoro Ricardo Milán, quien falleció, en aquellos días,  en un accidente automovilístico. Los municipales  especialistas recordaron a  la dama: Elsa Astete de Borges, la esposa del escritor, contaron.

      Se conocieron en La Plata en 1931. Ella tenía 20 años. Era una linda chica de una familia muy normal y rutinaria. Los presentó un amigo en común.

      Borges, de 32 años, educado en Europa, desconocía que iba a convertirse en el más grande escritor contemporáneo de lengua hispana.

      Elsa recuerda al Borges de aquellos bellos días: “Después que nos presentaron nos fuimos a tomar el té al Jockey Club. A la semana siguiente con mi hermana Alicia fuimos a Buenos Aires para encontrarnos. Desde entonces no me dejó más. Me perseguía a sol y a sombra. Fue en esa primera cita cuando Borges me juró amor eterno”.
      Dos años duró el noviazgo. Borges comenzó  a usar barba. Empezó a surgir su fama. Se comprometieron formalmente. De pronto todo acabó y Borges no habló del tema. Algo se supo. Por lo menos, aparece en el galpón de recuerdos de algún memorioso. Un caso de infidelidad. Elsa se enamoró de otro: Ricardo Albarracín Sarmiento. Y se inició una relación.

      Y el registro de Elsa: “A los 15 días de haberme casado, Borges, que no sabía nada, seguía llamando a mi casa. Mamá no sabía que decirle y yo me desentendí del tema. Eso es problema suyo, le dije a mi madre.
      Finalmente ella que era correctísima, le dijo: Mire Borges, discúlpeme, pero me veo en la obligación de decirle algo: no llame más porque Elsita se casó”.

      La madre contó que en el otro lado de la línea se produjo un silencio y Borges dijo luego, antes de cortar: “Ah, caramba”.

      Nuestro escritor conoció otros amores María Esther Vázquez, Estela Canto y Silvina Bullrich.
      Elsa enviudó. Se reencontraron. Había pasado tiempo. Tres años duró el nuevo noviazgo. Una noche en la casa del autor de “El jardín de senderos que se bifurcan”, el escritor, casi ciego, fue hasta la biblioteca y a tientas tomó un libro lo llevó hasta donde estaba Elsa. Lo abrió y se lo mostró a la mujer. Había una foto puesta entre las páginas.
      Georgie -le dijo con sorpresa ella- es una foto mía. Entró justo la madre de Borges y advirtió la situación. Y le dijo a su nuera.

      -¿Querés que te diga una cosa? Cada noche de su vida, antes de acostarse, “miraba” tu foto-. El 21 de setiembre de 1967, a los 68 años, soltero, se casó con Elsa Astete Millán, de 57 viuda.
      En agosto del 70 ya no quería vivir más con la mujer. Salió Jorge una tarde y no volvió más.
      Los especialistas filtran las causas de ese rechazo: Elsa odiaba a la madre de Borges. Le prohibió verla. El la visitaba a escondidas. Se le adueñó del dinero. Le manejaba el aspecto. Lo instaba a cobrar sus conferencias.
      Dijo María Esther Vázquez: “Su vida con Elsa era de una aridez desoladora. Según contaba Borges los únicos temas de conversación eran los recorridos de los tranvías…Borges contaba sus sueños. Le extrañaba al principio y le molestaba después que Elsa nunca soñara”.

      Uno de los consejos que la mujer le daba a Georgie: “Mirá, aprovechá tu cuarto de hora. Hoy estás en el candelero pero dentro de dos o tres años nadie se va a acordar de vos”.
      En esos días, aun con ella, fue que nos visitó.

  • Ella
    • por Marcela Gutilla

      Ella

      Ella encontró la forma

      de trepar aquel hilo de luz,

      bañarse con su resplandor

      y envolverse en la quietud

      de un océano de amor.

      Ella encontró la forma

      de brillar con las estrellas

      en complicidad de sueños

      y vestirse de caminos

      con horizontes eternos.

      Ella encontró la forma

      de abrazar al mundo entero

      en aquel único abrazo

      y tocar todas las manos

      en aquella sola mano.

      De cantar con la mirada

      de hablar con la sonrisa

      de hallar la cima del mundo

      envolviéndose en la brisa.

      Ella se convirtió

      en semilla, brote y flor

      y en la tierra que la nutre,

      en poesía y oración

      cuando por amor se funden.

      Ella gritó en silencio

      y con cada inspiración

      sintió esa nueva locura

      que nació del corazón

      y que el mundo llama amor.

  • Adriana
    • por María Ester Correa Dutari 

      "ADRIANA” (Cuento)

      Llegó a la escuela un día cualquiera que ya ni recuerdo. Era la nueva señorita de música. Venía a reemplazar por enfermedad a la profesora Isabelita.

      Las clases eran muy aburridas. Nos daba lo mismo quien viniera. Con seguridad seguirían siendo soporíferas. Siempre cantando en el patio, el Himno, Aurora, La marcha de San Lorenzo, de fondo algunos acordes que se le escapaban y el piano desafinado. ¡Para eso no había plata!

      Ni cuenta nos dimos como comenzaron a cambiar las cosas. El primer día nuestros ojos de niñas avivadas se posaron sobre la figura de esta intrusa. Joven, delgada, pecosa, pelo con bucles, largo hasta la cintura, pelirroja, de tez rosada que parecía colorada. Aros grandes, colgantes de piedras y maderas, pulseras, anillos. Ojos brillantes color miel, jeans gastados, prelavados, camisas de bambula coloreadas, abiertas que mostraban su piel joven. Guardapolvos cortos, desabrochados, zapatillas flechas con florcitas… Concluimos nuestra radiografía: — ¡Adriana era hippie!

      Su figura no encajaba en el entorno de maestras prontas a jubilarse, y cansadas, a las cuales le decíamos:” Sargento de caballería” a la de sexto, “ Solterona” insoportable” a la de cuarto, “ Vieja vinagre” a la de tercero… Cuchicheábamos quien era esta usurpadora que no tendría más de 21 o 22 años. — ¡Qué nos podría enseñar esta chiquilina a chicas agrandadas de 12!

      ¡Y todo cambió! De lo pesado, de dormirnos con la voz monocorde, y a veces chillona de la antigua docente, del silencio y los bostezos, en el aula, a una fiesta de los sonidos, y del color. Nos llevo con los cantos afuera, al patio, a la puerta de entradas, a elegirnos a algunas que jamás hubiéramos pensado que con voces roncas, y de las tachadas desafinadas, pasáramos a ser parte de un coro. Esto en mi persona fue fundamental. Me dijo: — ¿a vos te gustaría estar? ¡Si!- respondí en forma temblorosa.- Nadie me había elegido para nada, jamás: Era una alumna problemática, ella me dio seguridad.

      El colegio no había tenido uno en cien años de historia, y menos una tarima especial adonde cantar. Ella lo consiguió, era una maga, un ángel.

      Nuestra vida discurría entre el elástico, y los primeros acordes de la López Pereyra: “Yo quisiera olvidarte, me es imposible mi bien, mi bien”… la mancha, y las balas y bombas de aquellos tiempos, el 74.

      Entre: “ Salgo a caminar por la cinturas cósmica del sur…”, de Canción con todos de Tejada Gómez y Cesar y Cela, y la venenosa, el ta-te-ti, la payana, entre los flashes de la televisión y la muerte del Presidente Perón, y el ascenso de su esposa Isabel, entre “A orillitas del canal cuando llega la mañana sale cantando la noche desde lo de Balderrama” , el pisa pihuela, y “Por las tardes de sol y alameda San Juan se me vuelve tonada en la voz….

      La vida en blanco y negro, y la sangre derramada…, y el color y los soles, los la, los sí y las corcheas, y el piano. El piano que ahora afinaba; la caza de brujas y las persecuciones políticas, y las voces, de barítonos, tenores, a pesar de nuestras voces de preadolescentes, y sopranos y contraltos…y las siestas que ya no fueron siestas….marcadas en clave de sol.

      El orgullo de pertenecer y de ser parte, agigantaba su figura. Llegaba con una sonrisa que llenaba el alma, tiraba el morral tejido con flores, se descalzaba. Sentada en el piso con las piernas cruzadas, como si fuera un indio, y nosotros formando una ronda: Nos enamoramos de su encanto, su juventud, su mirada diáfana, su alegría desbordante, el amor por la vida, el folklore, la música, y su patria…

      Así como llegó se fue…. Ya nada fue lo mismo, o si, volvimos a las aburridísimas clases de la señorita Isabelita, y el coro se desarmó. —La señorita Adriana, se oyó decir por allí, venía con ideas raras, no adecuadas para una escuela formal, y centenaria, típico discurso de la dictadura.

      Años más tarde, pocos nomás, supimos que se la habían llevado los militares, que era una desaparecida. Preguntas sin respuestas en mi mente de niña, quedaron sueltas, sin cabo donde agarrarse.

      Año 2011 en esta era virtual, de las redes sociales, de los juicios de lesa humanidad, de la búsqueda de familiares desaparecidos en la dictadura me encuentro con el nombre, que se me había perdido en la nebulosa de los años.

      Detengo mi mirada en ese rostro. Una foto que la muestra un poco mayor, dos o tres años más: rellenita, peinada como si fuera una mujer mayor. Su semblante indicaba algo, como una plenitud no ya de una joven, sino de alguien con una felicidad especial. Al lado, la de un apuesto joven, cabellos largos, castaños, bigotes a lo mejicano, poblados, tez blanca, muy buen mozo. Ambos de 23 años, sonrientes, llenos de vida.

      Me llamó la atención el epígrafe: “Hermanos de Mendoza en la búsqueda de Adriana, “La Colorada, o La Colo”, maestra de música desaparecida el 1 de diciembre de 1976, el desaparecido el 24 de noviembre de 1976.

      Era Adriana, mi maestra de música, la del oficio de los pájaros que cantan.

      La sorpresa me dejó helada, el golpe tremendo-, encontré allí a mis 50 años, las respuestas a las preguntas que quedaron bailando en mi mente de 14.

      Seguí leyendo. Al final fue más impactante aún. Además de mencionar que ambos eran militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) ella, y del Ejército Revolucionario del Pueblo (E.R.P.) él, indicaba que sus familias los buscaban, y además buscaban al hijo o hija de ambos nacido en cautiverio.

      Treinta y siete años después me la imagino tal cual la conocí: bella, un sol en mi vida, pero ahora sabiendo que jamás ha dejado de estar entre nosotros. Ella es una de las 30 mil almas que ya no están, pero vive en el corazón de cientos de chicos que cantamos en aquel último año de la primaria, y rasguñas las piedras, y rasguña las piedras y la rasguñas las piedras hasta mí…

  • Destellos del cielo
    • por María Genovese

      Destellos del cielo

      Alborada con destellos de luz,

      encendida de oro y naranja;

      te desgajas en largos suspiros.

      Exhalas cálidos fulgores,

      desplegados en el horizonte,

      donde anidan temores y esperanzas,

      de una ciudad que despierta,

      que se mueve, que sueña,

      al influjo de sus amores.

      Y al llegar el ocaso sereno,

      el vasto cielo crepuscular,

      descorre su velo, al brillo fulgurante,

      de estrellas y luceros.

      Calma, fulgor, silencios…

      Se funden las almas,

      en la lumbre interna, perpetua,

      de dos seres que se aman.

      ¡ Chispa divina de la vida!

      Destellos del cielo

      Alborada con destellos de luz,

      encendida de oro y naranja;

      te desgajas en largos suspiros.

      Exhalas cálidos fulgores,

      desplegados en el horizonte,

      donde anidan temores y esperanzas,

      de una ciudad que despierta,

      que se mueve, que sueña,

      al influjo de sus amores.

      Y al llegar el ocaso sereno,

      el vasto cielo crepuscular,

      descorre su velo, al brillo fulgurante,

      de estrellas y luceros.

      Calma, fulgor, silencios…

      Se funden las almas,

      en la lumbre interna, perpetua,

      de dos seres que se aman.

      ¡ Chispa divina de la vida! 

  • Fantasma
    • por Julio Pablo Terraza 

      FANTASMA

      Voy a decirte algo que tal vez te sorprenda

      pero habrás de entenderlo, pues sale de mi alma:

      cuando por fin mis huesos los acune la tierra...,

      les sorbe las miserias, les cepille la escarcha,

      seré entre los esclavos el máximo liberto

      y en vez de un hombre muerto, un cíclico fantasma.

      Y creceré sin tiempo, descansaré sin horas

      y haré del gris sepulcro mi última morada,

      porque después del cielo traspasaré las ondas

      que giran incesantes al borde de la nada.

      Seré un fantasma dócil- no temas- e imperfecto,

      sin miedos ni latidos que rememoren dramas;

      mis ojos convertidos en cuevas de secretos

      irán sin pretensiones de convertirse en alas,

      por todo el universo, cuidándote de cerca,

      detrás de tu vestido, detrás de tu mirada... 

                                                                              Julio Pablo Terraza , 2013.

  • Infancia dorada
    • por María Ana Gimenez 

      INFANCIA  DORADA

      Hijo  mío

      llegará el día ,

      y reconoceras que la piedra

      con que hoy tropezaste

      y echaste de tu camino ,

      será mañana una estrella

      que adornará tu caabeza en el cielo . 

      Si buscas en las profundidades

      de  tu  alma

      y mides la altura del espacio

      oíras una melodía

      donde la flor , la palabra  y la piedra

      cantan en perfecta sintonía . 

      Ya , las palabras , se confunden

      con el entendimiento ,

      y los latidos de tu corazón

      forman una orquesta

      con notas que vibran ,

      que anidan en el alma

      y se esparcen en la vida .

  • Ghana city
    • por Eliana Drajer

      Mi amigo Caballo vive en Ghana

      cuando me nombró el país

      no sabía de su existencia

      como los europeos de Argentina

      qué mal

      qué mal

      pero después me contó

      “la mayoría hablamos en inglés

      pero existen muchas lenguas nativas

      ewe

      akan

      mamprusi

      mossi

      dagomba

      gonja”

      muchas muchas lenguas

      pero Caballo habla tres

      inglés francés y akan

      ahora también habla español

      en cambio

      el 50% de las mujeres de Ghana son analfabetas

      el 50%

      LA MITAD DE LAS MUJERES DE GHANA

      NO SABEN LEER NI ESCRIBIR

      LA MITAD DE LAS MUJERES DE GHANA

      NO SABEN LEER NI ESCRIBIR.

  • Lengua suelta
    • por Hernán Schillagi

      como una arcilla que cubre el recuerdo

      para que la forma sea la esperada y no

      la real así tocan tus manos un golpe

      feroz que cicatriza para afuera y quiere

      ser una disculpa del futuro

      y del descuido

      como una pastilla debajo de la lengua

      para que el efecto llegue al torrente sanguíneo

      con la velocidad de la luz así entra tu palabra

      en mi cuerpo un rayo que avisa y hiere

      al mismo tiempo en el mismo lugar

      en el mismo silencio

      y lo libera

      *

      lengua popular

      toda alergia se aplaca pero no se cura

      así una reacción interna irrefrenable sale

      brota y taquigrafía el cuerpo con marcas

      impronunciables que luego borra el decadrón

      pero el gesto anárquico de transcribir

      el habla cotidiana desde la piel impacta

      en los alvéolos en el intercambio de sangre

      y tinta en el papel oscuro de un escriba

      que se rasca tose y escupe sin oficio

      ni diccionario cada una de las palabras

      que de la calle apenas van a conocer

      el ruido la intemperie y el olvido

      *

      strogoff

      el argumento sería así alguien

      un correo del zar por caso sale

      para entregar un mensaje secreto

      atraviesa las montañas la estepa el frío

      los peligros y la humillación

      niega a su madre ofrece hasta los ojos

      pero a cambio encuentra el amor verdadero

      «qué es un zar» decís «qué

      un correo» acaricio las duras tapas

      de un rojo traidor «por qué

      el final anticipado» cada pregunta

      abre un paréntesis y crecen puntos suspensivos

      entonces oculto el libro entre los libros

      hojas tinta más todo el polvo encima

      se aprisionan y multiplican como las dudas

      como las mentiras que sabemos

      no somos capaces de proferir

      pero sí de soportar

  • Flor silvestre
    • por Sebastián Mariano Giorgi

      El pelo ensortijado cae vertiginoso sobre sus hombros huesudos.

      Una letanía de lágrimas clavada en la mirada.

      El rostro descompuesto de dulzura silvestre.

      Harapos resguardan su cuerpo virgen de calor uterino.

      En el bullicio de la noche mendocina se desliza taciturna.

      Aproxima sus labios infantiles al oído de un hombre con aroma a deseo, y susurra:

      – ¿Flores para la dama?

      El futuro es una abstracción impensable, un sueño jamás soñado.

      El presente es el ahora que procura extender al infinito.

      El pasado es una herida abierta y eterna.

      A nadie le importa de dónde viene ni adónde va, pero ella deja sus huellas.

      Sus jazmines sellan el pacto del encuentro íntimo; del anhelo sentimental implicado en la pasión.

      Nunca sabrá de ese otro fruto de su trabajo, porque jamás lo tuvo.

      Nunca sabrá que sus capullos fueron certeros y oportunos.

      Nunca sabrá que todas sus rosas determinaron el abrazo de centenares de almas, ignorantes del sombrío destino de una niña de las calles de Mendoza.