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Carmen Romero Beltrán fue la primera médica mendocina


Falleció en 1986. Acá la recordamos en una entrevista en la que habló de un tiempo pasado, de noches de luces amarillentas y de "Mateos"

Primeros años del siglo XX. Aun no se convertía en el "cambalache problemático y febril" como lo definió el poeta Discépolo. Arrancaba manso, pero aun con la impronta del ciclo anterior, cierta dureza en las costumbres, manifestada -entre otros aspectos- en la vestimenta femenina, en la mínima apertura que la sociedad brindaba a las mujeres.

El rumbo del siglo XX, que fue casi explosivo en cambios, en revoluciones, se iniciaba con chicas y señoras en un casi olvidado furgón de cola. Es justamente Beatriz Sarlo, la ensayista argentina, quien refleja, en varios de sus trabajos, el renacer de las mujeres, con su acceso a la lectura, y su tímida salida a las calles, al mundo.

Ese guión de hierro dentro del que se movía la película de la vida argentina en esos años, imponía que las amas de casa debían estar cubiertas con ropajes de pies a cabeza. Tenían algunas pequeñas libertades, pocas. Una mujer fumando en público podía generar un escándalo.

Las profesiones eran exclusivamente masculinas. El trabajo en las fábricas, el hogar, la enfermería, el destino de monja, eran los pocos horizontes que la sociedad les reservaba a las jóvenes, algunas soñadoras con otros horizontes.

Y fue justamente Cármen Romero Beltrán quien decidió romper esquemas. Nació en Mendoza en 1898. Cursó estudios primarios en el Colegio General Juan Gregorio de Las Heras.

Recordaba en una entrevista que concedió, ya jubilada "...con mis padres viajé a Andalucía y viví diez años en España"

Sin dudas en Europa advirtió de cerca la transformación que el nuevo siglo traía, más acelerada en el viejo continente, más frontal que la de nuestro país. Y se decidió.

"Al regresar a la Argentina ingresé en la Facultad de Medicina, en Buenos Aires, donde tuve la dicha de ser alumna de los doctores Mariano Castex y Luis Agote. Obtuve mi título en 1928 y me instalé en mi provincia"

Fue en el Hospital San Antonio, situado en una manzana en la Cuarta Éste, lugar que ahora ocupa un conjunto de monobloques que lleva el mismo nombre, donde inició su actividad en guardias nocturnas, turno no muy adecuado para una joven mujer, pero era, como se dice, lo que había. Mejor dicho, lo que le impusieron.

Con sus primeros ahorros compró un auto, que afectó al servicio "llegué hasta los lugares más pobres de esa Mendoza de antaño -contaba-no olvido cuando una madrugada llegó a buscarme el comisario de Bermejo para que atendiera a unos enfermos".

Y siguen los recuerdos "También trabajé en el Hospital Provincial llamado después Emilio Civit, en partos. Nunca dejé de estudiar y aprender: Continúo leyendo textos de medicina, aunque ya no ejerza. También me recibí de profesora de corte y confección. Me gustaba un escritor mendocino, Leonardo Napolitano. Para mí la palabra sigue siendo algo sagrado y, aunque me perjudique, siempre cumplo con mi palabra"

Recordó la médica a una ciudad desaparecida, con sus calles empedradas, de amarillentas luces en las noches, los coches de plaza (Mateos, los antiguos taxis tirados por caballos) las uvas que iban en su camino al vino en grandes y lentas carretas, las vacas lecheras que hasta se animaban a andar por la calle San Martín.

"Todo eso se fue" rememoró la médica "como se fueron también todas mis amigas" El punto final de sus recuerdos tenía un solo nombre: soledad. Pero a ella le dolía menos, porque vivió intensamente "he viajado mucho. Fui a Jerusalen donde toqué la tierra donde estuvo Jesús. También estuve en Norteamérica. Nunca terminaré de comprender las maravillas que hay en el mundo"

Y como síntesis de su larga existencia dijo: "He vivido bien, he sido querida, mimada y rica"

Sus últimos días transcurrieron en una bella casona de avenida San Martín al 2200, frente a la Alameda. Solar y que aún se mantiene en pie.

Entrar a esa residencia era como hacerlo en un santuario del tiempo, de grandes patios poblados de añejas plantas en enormes macetones, vegetales que ella cuidaba con desvelo. En la amplia sala fotografías de instantes de su vida profesional. A los 87 años, se la veía caminar por las veredas y pasaba inadvertida. Pero gozaba de la admiración y gratitud de quienes fueron atendidos por ella.

La doctora Carmen Romero Beltrán, dejó de existir el 17 de noviembre de 1986, a los 88 años de edad. Poco antes, conversó con la periodista que hizo esta nota. Impresionaba como una persona tranquila, satisfecha por haber cumplido con sus sueños. De trato cordial, aún tenía guardado un coche de los que usaba en su trabajo, antiguo y reluciente auto.

Se movía despacio entre los altos muebles de su familia, que conservaba. Vivía rodeada de gratos recuerdos.

Y no le daba mucha importancia el haber sido la primera médica mendocina.

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